En el capítulo anterior sobre el origen de los dinosaurios del siglo XX (ver) , nos topamos con Charles Hutchins Hapgood [1904- 1982], aquel caballero que, con un máster en historia medieval y moderna de la Universidad de Harvard, finalizada la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en un abogado de las catástrofes acaecidas en el planeta por el cambio de polos. Un tema que, dudamos, formara parte de su programa universitario. Pero, como los caminos de ese, como de cualquier otro señor, son inescrutables, la vida lo llevó a México donde se convenció de la convivencia entre los humanos y los dinosaurios, tema desarrollado en uno de sus libros.
Allí Hapgood mencionaba la historia paralela entre las figurinas de Acámbaro y las llamadas piedras de Ica, cuyas representaciones publicaba. Se trataba de otra colección, en este caso de piedras grabadas en andesita procedentes de la provincia de Ica, al sur de Lima y cercana a las famosas líneas de Nazca. Al parecer, Hapgood había asistido a una charla de Javier Cabrera Darquea [1924-2001], médico de una familia tradicional de Ica, que había empezado a coleccionar estas piedras en 1966 y, examinando sus diseños, creyó haber identificado un pez extinguido. Como Julsrud en Guanajuato, Cabrera encargó a los huaqueros locales -una profesión de raigambre colonial- que continuaran la búsqueda, adquiriendo miles de especímenes que fue adjuntando a la colección de antigüedades peruanas que había heredado de su padre. Una década más tarde, Cabrera atesoraba más de 11.000 de estas piedras a las que denominó gliptolitos, procedentes del distrito de Ocucaje, 40 kilómetros al sur de Ica.
Cabrera clasificó los objetos según sus motivos: así mientras en un conjunto se veían mapas estelares o mapas de tierras no identificadas, en otros había escenas de cirugías complejas o humanos observando estrellas y cometas mediante telescopios. A ellas se agregaban unos seres antropomorfos en máquinas voladoras e interactuando con animales hoy [y ayer] inexistentes: a estos se los veía cazando dinosaurios variopintos y a bordo de pterodáctilos alados. Según Cabrera, estas piedras mostraban los conocimientos científicos de una antigua civilización local. En 1976, Cabrera publicó El mensaje de las piedras grabadas de Ica, un best-seller que lleva más de cuatro ediciones en castellano y en inglés discutiendo la existencia de una humanidad mesozoica, una civilización relacionada con el aeropuerto prehistórico de Nazca: la del «Hombre de los gliptolitos», una proposición que rápidamente pasó a la lista de falsificaciones que pululan por el mundo de la arqueología desde el siglo XIX.
El Museo Científico Javier Cabrera lo publicita en su sitio oficial: El libro se encuentra a la venta solo en el Museo. Próximamente vía internet a todo el mundo.
Como todo se recicla, las piedras fueron adoptadas por Hapgood y los defensores de los dinosaurios domésticos, pero también por otros círculos esotéricos, entre ellos el del suizo Erich von Däniken [1935-], quien como es sabido, visitó Perú en varias ocasiones. Von Däniken incluyó las líneas de Nazca y las piedras de Ica en sus libros y películas, popularizándolas a escala internacional. Otro corresponsal de Cabrera fue el ingeniero mecánico Josef F. Blumrich [1913-2002], nacido en Austria, titular de patentes de numerosos inventos y que hasta 1974 se desempeñó como jefe de la Rama de Disposición de Sistemas en el Marshal l Space Flight Center de la NASA, trabajo que abandonó para dedicarse a los visitantes extraterrestres y a escribir Da tat sich der Himmel auf [Las naves espaciales de Ezequiel] tras leer El carro de los dioses de Däniken. De ese modo -gracias a von Däniken y Blumrich- las piedras de Ica pasaron a formar parte de las teorías sobre los antiguos astronautas y de la tarea de rastrear naves espaciales en los monumentos de la arqueología de los cinco continentes. Según ellos, las piedras de Ica revelaban la existencia de una civilización que en tiempos muy antiguos dominaba la tecnología, un tema controvertido pero debatido también por el aparato académico.
El ensayo de Blumrich sobre las naves espaciales de Ezequiel, por ejemplo, se incluyó en el número especial de la revista de la UNESCO «Impacto de la Ciencia en la Sociedad» [1974], dedicado a las «paraciencias», es decir, a las ciencias no institucionalizadas pero que en aquellos años gozaban de una popularidad inmensa. Se trataba de mucho más que opiniones heterodoxas: como ha demostrado la desclasificación de los archivos de la CIA, gran parte de estas ideas fueron fomentadas por el gobierno estadounidense en el contexto de la Guerra Fría y la competencia con los soviéticos. Así, la investigación de DARPA o Defense Advanced Research Projects Agency de esos años incluía temas que pretendían dilucidar cómo los fenómenos paranormales, como la percepción extrasensorial, podrían ser utilizados por los EE.UU. para obtener una ventaja sobre la URSS o por la URSS contra los Estados Unidos. DARPA, de hecho, en 1973 encargó un estudio titulado «Fenómenos paranormales» para contrastar los avances a ambos lados de la Cortina de Hierro. Mientras que los soviéticos se centraban en la ciencia física, la ingeniería y los resultados cuantificables, sus homólogos estadounidenses se concentraban en experimentos psicológicos que exploraban la mente humana. Por otro lado, la CIA fomentó revisar las investigaciones iberoamericanas, soviéticas y chinas sobre ovnis. Entre los artículos extraídos y traducidos del ruso al inglés, había uno publicado en 1989 en la revista soviética «Pueblos de Asia y África» que trataba de los «objetos voladores no identificados en la antigua China» y repasaba los esfuerzos realizados tras la muerte de Mao Zedong en 1976 por sinólogos e historiadores chinos para encontrar en fuentes antiguas evidencias históricas de la existencia de ovnis. Así, los ovnis y Uri Geller [1946-] no solo estaban en los cines y en las librerías veraniegas de Villa Gesell: las paraciencias y los fenómenos paranormales estaban en el aire de los laboratorios científicos de todo el mundo como refleja la publicación de la UNESCO y la proliferación de aquellas asociaciones que, por ejemplo, patrocinaban las investigaciones de Hapgood en México. Esto no significa que la CIA apoyara la idea de dinosaurios vivos o recientes, pero sí que estas ideas creaban nuevas realidades, reconfigurando el significado de aquellos objetos surgidos en las ciudades provinciales para el consumo del coleccionista local.
Tres décadas más tarde, en 1996, Cabrera abrió su colección en su casa de la plaza de Armas de Ica, espacio que durante muchos años fue conocido como «Museo de Piedras». El Instituto Nacional de Estadística [INEI] en 2001 lo catalogó como uno de los atractivos turísticos de la ciudad, donde el visitante podía observar dinosaurios y la vida en la era Mesozoica. Las publicaciones oficiales consideraban las colecciones de Cabrera como parte de los hitos dignos de ser visitados, que también incluía el museo regional, el museo Julio C. Tello de Paracas, las líneas de Nazca, varias ruinas incas y los sitios de interés esotérico como los petroglifos de Chichictara en Palpa. En cuanto a la colección de Cabrera, la guía subrayaba que las piedras eran testimonios de la civilización más antigua de la Tierra y que el museo había sido visitado por investigadores extranjeros. Este itinerario combinaba lugares y sitios de «ciencia heterodoxa» con yacimientos arqueológicos y museos estatales, contrarios a este tipo de interpretaciones, otro testimonio de que el Estado Nacional puede albergar, promover y financiar visiones contradictorias sobre el pasado.
En nuestros días, está dirigido por Eduardo, el hijo de Javier Cabrera, que lo rebautizó como «Museo científico». Según su página web, se define como la única biblioteca de gliptolitos de la Tierra con las representaciones reales del origen de la Tierra, el cosmos y la vida. Los «hombres del gliptolítico» -ya pronto vendrán las mujeres- testigos directos de esos tiempos no tuvieron que recoger ni reconstruir fósiles, no tuvieron que usar su imaginación: grabaron en las piedras todo lo que vieron, tal y como era la vida hace millones de años. El museo hoy insiste en la asociación de estas piedras con los vertebrados fósiles de Ocucaje, donde los paleontólogos han desenterrado los restos de una ballena de 40 millones de años y que, según su hijo, Javier Cabrera habría sido el primero en descubrir, así como en haber detectado que las pirámides distribuidas por todo el mundo eran los cargadores de baterías del sistema de energía limpia de aquella época. Conciencia verde de vanguardia para algunos, tecnología de punta para otros, no falta quien se haya ocupado de clasificar los géneros de dinosaurios presentes en las piedras grabadas y los textiles precolombinos de Nazca. Entre ellos, Triceratops, Diplodocus, Stegosaurus y Pterosaurus, domesticados como mascotas y bestias de transporte de aquel pasado remoto.
Una colección de piedras de Ica, no sabemos cómo, llegó a un museo creacionista de Idaho, uno de los tantos que defiende la creación divina y rápida tanto del planeta como de todas las especies que aquí vivieron y se extinguieron. En octubre de 2014, Stan Lutz, paleontólogo que trabaja para ese museo creacionista, comentó: «queremos presentar la evidencia que se ha ocultado al público. Tenemos artefactos que confunden a los evolucionistas más acérrimos, sobre todo las llamadas piedras de Ica, que prueban que los humanos y los dinosaurios interactuaron.» Según Lutz, las piedras tienen menos de 6.000 años y contienen representaciones de un hombre montado sobre un triceratops y otras que muestran al menos catorce especies de dinosaurios, todas ellas dibujadas con precisión. Por lo visto, las piedras, surgidas en otro contexto, están siendo abducidas por el creacionismo contemporáneo, que bien se aprovecha de los restos de la Guerra Fría y de estos éxitos comerciales de las décadas de 1970 y 1980: best-sellers, películas, redes transcontinentales de proveedores que aún hoy siguen compitiendo por las pruebas y el calendario de cuándo y cómo sucedieron las cosas.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios