Efemérides de La Boca y la Fotografía. Un diálogo con imágenes

Benito Panunzi, Camino de Barracas. Circa 1867. Ex colección Mike Kessler. Fotografía: Archivo Fotográfico Hilario. 



Christiano Junior, Boca del Riachuelo, 1877. Ex colección Mike Kessler. Fotografía: Archivo Fotográfico Hilario.



Samuel Boote, Muelle de La Boca. Circa 1885. Fotografía: Archivo Fotográfico Hilario.



Fotógrafo no identificado, Sección Boca. Estación Casa Amarilla. Tomada el 8 de abril de 1899. Fotografía: Archivo Fotográfico Hilario.



Christiano Junior, Quinta del General Brown. Circa 1876. Fotografía: Archivo Fotográfico Hilario.



Por Roberto Vega Andersen *

El sábado 23 de agosto, aniversario de La Boca, el barrio porteño que creció a la vera del Riachuelo, disfrutamos de un agradable coloquio en la sede de la Fundación Larivière Fotografía Latinoamericana. Junto a la historiadora del arte Verónica Tell [1], hilvanamos «Un diálogo con imágenes. Efemérides de La Boca y de la Fotografía».


En la comodidad de la sala de conferencias de la Fundación, el público cubrió casi todos los asientos disponibles -previa inscripción- y al cabo de poco menos de una hora treinta, conversamos sobre la historia del barrio y de la fotografía, y nos internamos en la problemática de los archivos fotográficos, un tema tan sensible e importante.


Con la autorización de la institución anfitriona, les compartimos la presentación audiovisual realizada en aquel momento. 


La Boca en imágenes 

 

Para introducirnos en el tema, y sin ser un entendido en la historia de La Boca, me tomo el atrevimiento de trazar unas pocas líneas sobre el origen de este barrio imprescindible. Por aquí dejaron sus huellas los primeros navegantes que llegaron hasta nuestras costas, desde Pedro de Mendoza -que lo hizo en 1536- para aquí. Según algunos historiadores desembarcó en la vuelta de Rocha y aún hoy se debate dónde levantó un precario recinto amurallado de barro y paja. Lo cierto es que aquello terminó en un desastre y se necesitó poco menos de medio siglo hasta que en 1580 Juan de Garay hiciera lo propio para fundar la ciudad en la que vivimos. No cabe duda que fondeó las naves de su expedición a la vera del Riachuelo.

 

En cuanto al desarrollo de la ciudad de Buenos Aires, advierto que sufrió un letargo de unos dos siglos hasta que en 1776 fue declarada capital del Virreinato del Río de la Plata -un desprendimiento del virreinato del Perú-, dando origen a su desarrollo.

 

Por esos años Buenos Aires era tan solo un villorio con una población de muy escasos recursos hasta que, con la creación del nuevo virreinato, incrementó notablemente su tráfico marítimo y fluvial, y recibió a toda la administración estatal formando una capa social de altos recursos económicos. En esa buenaventura llegó el siglo XIX y su expansión edilicia fue notable. Por aquí, en el denominado «Juncal de la Boca del Riachuelo» se habían instalado dos pulperías, centro de reunión social del gentío de los alrededores y de los marineros que recalaban sobre este curso de agua, punto de entrada de diversas mercancías y de salida de los denominados productos de la tierra: cornamentas y cueros vacunos, plumas de avestruz, tejidos y fibras de vicuña, por nombrar algunos.

 

Ya en la primera mitad del siglo XIX y con el país aún convulsionado por guerras internas, promocionaba sus bondades para despertar interés en tierras lejanas, captando así a las primeras corrientes de inmigrantes. Entre los recién venidos, algunos partían hacia el interior y otros se afincaban en las proximidades del puerto llamado de los tachos. Una litografía de Carlos Enrique Pellegrini, de 1841 bien lo muestra; se encontraba justo en la Vuelta de Rocha.



Dos años antes de la edición de aquella imagen, el 19 de agosto de 1839, Daguerre presentó su invento, el que hoy conocemos como daguerrotipo. Demandaría unos pocos años en llegar al Río de la Plata, y como lo hizo en una nave francesa, sólo desembarcó en Montevideo ya que Francia se hallaba en guerra con el Gobierno de Buenos Aires y su flota bloqueaba el puerto local. Lamentablemente, entre los pocos daguerrotipos que se han conservado con vistas exteriores -en plein air, al aire libre- ninguno registró este barrio, de modo que recién en la década de 1860 será posible acudir a la fotografía para ilustrar este recorrido cronológico.

 

Entre los inmigrantes -retomo la secuencia temporal- estaba la mano de obra requerida para la actividad portuaria, aparecieron las barracas donde se depositaba la mercancía, llegaron los saladeros, damos con pequeños astilleros en los que se construían las embarcaciones utilizadas en el tráfico fluvial por los ríos Paraná y Uruguay; y el barrio, bullicioso y muy activo, seguía moldeando su carácter, tan propio, levantado sobre un terreno anegadizo, centrando su actividad en los quehaceres vinculados al puerto. 


Las viviendas en general eran casillas construidas sobre pilotes de quebracho, y resultaba muy común que amarrada a la escalera de acceso se encontrase una canoa.

 

Todo esto aconteció muy cerca, y tan lejos de la Plaza de la Victoria, hoy plaza de Mayo, hasta que la llegada del ferrocarril en 1865 generó un primer cambio sustancial en el propio barrio: en Paseo Colón y Garay se levantó la estación Casa Amarilla del Ferrocarril sud que unía la Estación Central -ubicada en la actual avenida Alem, a metros de la Casa de Gobierno- con la Boca y Ensenada. Y poco después llegó el tranvía: en 1870, Federico Lacroze había obtenido la concesión.

 

Una panorámica tomada por Benito Panunzi hacia 1867 desde la quinta de Lezama [ver imagen], donde hoy se encuentra la sede del Museo Histórico Nacional, hacia el sur, nos muestra el camino de Barracas -la calle de la derecha es la actual Defensa- y a la izquierda, la traza del Ferrocarril Sud que avanza hacia la Boca. La imagen formó parte de un álbum fotográfico editado por el mismo autor, sobre la cartulina su nombre y el título de la obra: Camino de Barracas.

 

En este relato cronológico, recordemos que el 23 de agosto de 1870 el Senado aprobó la ley que le dio categoría de pueblo autónomo a La Boca.

 

Fue en esta década que otro de los fotógrafos más calificados que actuaban en el país llegó a La Boca seguramente cautivado por su febril actividad. Disfrutemos con uno de los registros de Christiano Junior de 1877 titulado Boca del Riachuelo. Aquel portugués que se había instalado en Buenos Aires en 1867, diez años más adelante realizó una serie de imágenes de este barrio, algunas de ellas incluidas en sus álbumes fotográficos.

 

En la fotografía que ahora les presentamos observen las casillas levantadas sobre pilotes frente al Riachuelo y el gentío atento que mira la cámara. A la izquierda y al fondo, los mástiles de las embarcaciones amarradas. Y de espalda, indiferente, el caballo de un vendedor ambulante.

 

¿Se imaginan la sorpresa de todos ellos ante un tremendo aparato montado sobre un trípode, y siendo testigos inmóviles de las maniobras del fotógrafo quitando y poniendo sus placas de vidrio de 18 x 24 cm?

 


Por esos años ya se había instalado un fotógrafo en La Boca, el italiano Arquímedes Imazio, con su local sobre la calle Brown [2]. Su actividad, la corriente para la inmensa mayoría de los profesionales de la cámara, era el retrato social en estudio, a diferencia de otros fotógrafos que sacaron los equipos al aire libre y realizaron tomas de la ciudad y la campaña, como los ahora citados, Benito Panunzi, Christiano Junior y Samuel Boote. De Arquímedes Imazio apreciamos ahora un retrato infantil. Como era costumbre, detrás, en el cartón usado de soporte para la fotografía se lee en una impresión litográfica los datos del autor, la dirección en la Boca del Riachuelo y el año de apertura de la casa: 1875.

 

El barrio crecía sin perder su identidad 


Ya parcelado el terreno, se trazaron las calles -llegó el camino nuevo, la actual avenida Almirante Brown, donde Imazio abrió su estudio fotográfico- y la calle larga que vinculaba al pueblerío de La Boca del Riachuelo con las luces del centro de la ciudad de Buenos Aires; se trataba de tan solo una calle bordeada por bañados, con todas las dificultades que esto ocasionaba con las lluvias y sudestadas.

 

El Riachuelo, por su escasa profundidad, pronto demandó acciones puntuales -ya había dispuesto su canalización la Primera Junta de Gobierno-, pero nada sucedió hasta la década de 1880 cuando el ingeniero Luis A. Huergo dirigió su dragado incrementando el calado de las naves que podía recibir. Así fue que en 1883 llegó el primer transatlántico, el «Italia». Estos poderosos barcos de pasajeros arribaban con los esperanzados inmigrantes europeos que venían dispuestos a labrarse una nueva vida en la República Argentina.

 

En el Archivo digital de Hilario poseemos tres vistas de aquellos años tomadas por Samuel Boote, un enorme fotógrafo que inició la saga de los Boote expandida junto a su hermano Arturo. En estas tomas copiadas en su época sobre papel albuminado de 16 x 21 cm, apreciamos los negativos de vidrio intervenidos indicando el título de la obra, la autoría y localidad, y el número de copia en su archivo. Fueron tomadas hacia 1885 y son una ventana a la historia de La Boca. Compartimos aquí dos de ellas; la primera que presentamos fue reproducida en el libro Buenos Aires, memoria antigua, de Luis Priamo, editado en 2017 por la Fundación CEPA. Una obra imperdible.

 

Vemos en el registro al transatlántico Reina Margarita amarrado frente a la actual esquina de Pedro de Mendoza y Lamadrid. En su descripción, Abel Alexander nos indicó: La escena se completa con el clásico ajetreo en tierra de marineros, pasajeros, transeúntes, changadores y hasta los infaltables vendedores ambulantes.