El sentimiento del hombre frente a la muerte y la pregunta por su trascendencia en el más allá, o la presunción de la existencia de otra vida, ha llevado a la humanidad a echar mano de muy variados recursos en un afán por mitigar la angustia que la certeza de un cambio tan rotundo genera. La Antigüedad se apoyó en mitos que parecen repetirse –al menos en algún que otro aspecto- sin distinción de pueblos: había un viaje a ese otro mundo, el de los muertos, que debía realizarse bajo condiciones bien especificadas. Para que fuera exitoso no sólo había que ganarse el favor de los dioses con adecuados comportamientos; eran necesarios ritos, conjuros, amuletos y sacrificios que permitieran facilitar la llegada a aquella otra vida prometida. Prácticas culturales, éstas, cuya supervivencia es posible rastrear en la religiosidad de la Edad Media.
Los ajuares funerarios en tumbas de clérigos de la Baja Edad Media, principalmente de obispos, aparecen como indicadores de dichas prácticas y nos permiten reflexionar acerca de cómo estos objetos -y su dimensión material- contribuyeron a fortalecer una función apotropaica. Es el caso concreto de los cálices [con su correspondientes patena y vinajeras] realizados en plomo, estaño, cobre o en sus diversas aleaciones, y que fueron encontrados en algunas ciudades de España como Salamanca, Ávila, Burgos o León, y en países como Inglaterra y Francia.
El caso que aquí presentamos se inserta en este contexto. Se trata de un conjunto de cáliz y dos vinajeras del siglo XIII provenientes de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, en Salamanca, España, que pertenecen a la colección del historiador del arte Héctor Schenone [1919-2014].
A partir de una perspectiva teórica y metodológica interdisciplinaria, que cruza la mirada de de la historia del arte cultural con aquella proveniente de las ciencias fisicoquímicas a partir de lo que denominamos la «arqueología del hacer» [1], nos propusimos avanzar sobre los siguientes interrogantes: ¿Cuáles fueron las condiciones materiales de producción de estas piezas? ¿Cuál fue la función de estos objetos? ¿Qué relación advertimos entre éstos y las prácticas funerarias de la época cuando los analizamos en detalle? ¿En qué medida un estudio de su dimensión material contribuye a ampliar estos significados?
Como expresamos anteriormente, se trata de un cáliz y un par de vinajeras [2] del siglo XIII, adquiridos por el profesor Schenone en 1947, en la ciudad de Salamanca. Gracias a datos presentes en su archivo y a una comunicación personal dada por Schenone a algunos de sus discípulos, sabemos que dichas piezas fueron halladas durante la excavación de la tumba de un sacerdote en la iglesia referida, mientras el entonces joven investigador argentino se encontraba presente. En ese año había recibido la beca para estudiar en la Universidad de Sevilla, y aprovechaba su estancia para recorrer la península.
El conjunto analizado posee las siguientes características: el pie de la copa es de 16 cm de diámetro, con cuatro filetes concéntricos en realce, un fuste o tallo de 17 cm con un importante nudo a los 7 cm de la base y a 1,5 cm del cuerpo. Este último presenta incisiones concéntricas, y es de diámetro bastante inferior al pie, 9,5 cm, por 8 cm de alto. La pieza tiene un total de 20,5 cm.
El nudo del cáliz, nodus o pomellum, de 6,5 cm de diámetro, está dividido en cuatro sectores bien definidos con ornamentación de cuadrifolias punteadas, encerradas a su vez en un círculo con decoración “vegetal”. Cada una de las cuadrifolias -forma característica de la Baja Edad Media-, contiene uno de los símbolos del Tetramorfos, en donde la figura simbólica de los evangelistas aparece con las alas desplegadas, respetando el marco tetralobulado.
El hombre alado, símbolo de San Mateo, viste una túnica ceñida en la cintura. Su cuerpo está girado hacia la izquierda con la cabeza en la misma dirección. Está nimbado y sostiene un rollo desplegado en forma de S. El león, símbolo de San Marcos, tiene su cuerpo en dirección a la derecha mientras que su cabeza gira a la izquierda. Las alas salen del lomo del animal en forma triangular y tiene la cola doblada hacia la parte superior del lomo. La figura nimbada está en actitud semi rampante sobre el rollo desplegado en S, permaneciendo dentro del marco tetralobulado que se adapta a la forma del animal.
El águila, símbolo de San Juan, presenta su cuerpo de perfil, semirampante, que se dirige a la derecha mientras su cabeza, también nimbada, gira a la izquierda. Las alas están completamente abiertas y sus patas apoyan sobre el rollo desplegado, aunque una de ellas (la derecha) traspasa el marco tetralobulado, mientras que la otra lo roza. El toro, de San Lucas, aparece también con su cuerpo semirampante, de perfil, con la cabeza inclinada, pero de frente. Las alas también se encuentran de frente y sus patas apoyan sobre el rollo desplegado. Posee nimbo, pero ya es casi imperceptible. El ala izquierda toca el borde del marco que, como en los casos anteriores, es tetralobulado y se adapta a la figura del animal. Los marcos de los cuatro símbolos están a su vez divididos por un borde vegetal conformado por una línea vertical, y otras dos líneas a cada lado, que terminan en tres hojas y que en algunos casos se han perdido en parte o totalmente.
Las vinajeras que acompañan al cáliz [y que aparecen en menor medida en otros casos] tienen forma elíptica ovoidal con pico vertedero, asas curvilíneas y tapas articuladas con bisagras y dos volutas pequeñas que facilitan la abertura. Miden 11 cm de alto y el ancho extremo de la panza es de 6,2 cm en ambas. En cambio, en la base, las medidas difieren por el daño sufrido; una tiene 5,5 cm en su diámetro completo; la otra 6,3 cm. En cuanto a su textura, son lisas, con filetes concéntricos en realce.
Existen otros hallazgos similares descubiertos tanto en territorio español, como inglés o francés. En España, por ejemplo, un labrador de Renedo del Monte, Palencia, encontró un cáliz en un lugar donde, según la tradición, habría existido una ermita. Este cáliz, datado en el siglo XV, se encuentra hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid. Por su parte, el Museo de Ávila, tiene en su acervo un conjunto denominado «Ajuar litúrgico de Pajares de Adaja», encontrado en el yacimiento de Las Cruces, que incluye cáliz, patena y vinajeras de peltre [aleación de estaño, cobre, antimonio y plomo] con una imprecisa datación que va del 1301 al 1500.
Otro de los ejemplos es el conjunto de Valladolid, que cuenta también con cáliz y vinajeras, y que fue encontrado en las ruinas de una iglesia románico-mudéjar en Santa María de Valfrío, municipio de Saldaña, Palencia. Las piezas, datadas en el siglo XV y fundidas en peltre, fueron encontradas en excavaciones realizadas en la década de 1960. Estas son, desde el punto de vista formal e iconográfico, las que presentan mayores similitudes con el grupo de Schenone, ya que pesar de los daños y los faltantes, poseen la misma iconografía en el nudo del cáliz: los símbolos de los Evangelistas portando el rollo, encerrados en formas tetralobuladas.
Pero son las piezas que aquí nos convocan las que gozan de algunas particularidades que queremos destacar. Para empezar, se trataría del conjunto más antiguo, de este tipo, descubierto en España hasta la fecha; siendo la iglesia de su hallazgo - Santo Tomás Cantuariense de Salamanca-, un caso paradigmático en la Península Ibérica. Fundada entre 1177 y 1180, está dedicada -como su nombre lo indica- a Thomas Becket, arzobispo de Canterbury, quien había sido asesinado en 1173 y canonizado en 1174. La iglesia románica salmantina fue la primera -fuera de Inglaterra- construida en homenaje al clérigo inglés y se cree que el motivo principal de la rápida difusión de su culto en tierras hispanas se debe al matrimonio celebrado, en septiembre de 1170, entre Alfonso VIII, rey de Castilla, y Leonor Plantagenet, hija de los reyes de Inglaterra, Enrique II y Leonor de Aquitania.
La rápida canonización lograda para Becket hizo de su figura la más venerada -de origen inglés- dentro y fuera de su territorio. El carácter taumatúrgico del santo se hizo cada vez más popular y Canterbury se transformó en un importante centro de peregrinación; el tercero para la época, luego de Roma y Santiago de Compostela. Esto sin duda potenció el auge de todo aquello que llevara su nombre: reliquias, códices que relataban su vida, milagros que se le adjudicaban [FREILE: 2008]. Numerosos altares, capillas, iglesias fueron levantadas en su nombre; la primera en París [hoy desaparecida], y otras en Italia, Alemania, Hamburgo, Noruega, Finlandia, y tal como sabemos, en España. En este último país, el culto no sólo fue difundido por la reina Leonor, sino también por su séquito conformado en gran parte por ingleses, entre los que se encontraban clérigos y académicos. [3]
Ahora bien, ¿qué otro dato nos permite asociar el culto a Becket en esta iglesia con la presencia del cáliz y las prácticas funerarias ligadas a él? Tal vez, una observación o un análisis de su iconografía nos ilumine en este aspecto. En aquellos casos en los que se representa su martirio, tanto en relicarios, como en códices, estelas o miniaturas, el santo aparece arrodillado frente al altar de su catedral junto con los cuatro caballeros, nobles del rey Enrique II, que lo atacaron. En estas escenas se destaca la espada dando su golpe certero en la cabeza del santo. El otro elemento que llama la atención es el cáliz. No son pocas las representaciones que parecen demostrar que existió un interés especial por la representación de Becket junto a un cáliz, en el momento de su asesinato. La inclusión de este objeto destacado en la iconografía podría ser analizada como la necesidad de remarcar la concreción de un acto tan cruel [el martirio del santo] en un espacio sagrado; así como la de reforzar la idea de santidad a partir de equiparar el sacrificio de Cristo, a través del cáliz, con el de la muerte del santo.
El cáliz podría ser visto entonces como el elemento que, a manera de modelo o de «espejo», deberían replicar aquellos que quisieran equipararse en santidad. Si tenemos en cuenta que los casos de cálices hasta aquí mencionados comparten el hecho de haber sido encontrados en enterramientos de clérigos, muchos de alto rango, podemos inferir algo de esa búsqueda -la de la idea de santidad- por parte de sus dueños. A su vez, ciertos aspectos de su materialidad nos permiten aducir que su función parece no haber sido litúrgica, situación más usual en cálices funerarios anteriores a este suceso: primero usados en la liturgia, luego como ajuar de la morada final. En este sentido vale recordar la sentencia del Corpus Iuris Canonici [siglos XII a XVI]: «Que el cáliz del Señor, junto con la patena, si no de oro, deben ser hechos totalmente de plata. Sin embargo, si alguien es tan pobre, que al menos tenga un cáliz de estaño (…) Y que nadie se atreva a celebrar la Misa con un cáliz de madera o de cristal». Tal «pobreza» no coincidiría con las posibilidades de un obispo; cuesta creer entonces que el conjunto litúrgico de su pertenencia haya sido fabricado de un metal tan poco “noble” como el estaño o el peltre y que luego el clérigo haya sido enterrado con él.
Pero no solamente el Derecho Canónico se expresó acerca de la materialidad de los objetos sagrados. El monje benedictino del siglo XII, Teófilo, expresó en De diversis artibus -en el prefacio al libro tercero dedicado a los metales-, que las obras de orfebrería se hacen para agradar a Dios, siguiendo una tradición que comienza en el Antiguo Testamento.[4] Según Teófilo, en la Biblia la pureza de los metales nobles tenía el peso de la palabra de Dios: «Las palabras del Señor son palabras seguras, son como plata pura siete veces purificada en el crisol» [Salmo 12. 7] [5]. Aunque también sabemos que metales nobles como el oro fueron también protagonistas, en el texto veterotestamentario, de prácticas idolátricas. De todas formas y continuando con la idea de Teófilo, recordemos que, en el Éxodo, cuando Dios manda a construir el Tabernáculo, el Arca de la Alianza, el Propiciatorio, el candelero de siete brazos y los ornamentos, especifica que deben estar recubiertos o labrados en oro puro y en plata [6].
Inaugurando la Baja Edad Media, basta recordar los escritos del Abad Suger [1081-1151] [7], con reminiscencias de las teorías de Pseduo Dionisio Areopagita [ca. 500], en los que se remarca el convencimiento de que la contemplación del resplandor y la luz de los objetos podrían ayudar a los fieles a elevarse hacia el mundo de las virtudes celestiales. De esta forma el abad explica los cambios en Saint-Denis, donde primará el concepto lumínico, lo que lo llevará a dotarla de una gran colección de objetos de culto fabricados en brillantes materiales.[8]
Como asegura Victoria Herráez Ortega en Apuntes para el estudio de la orfebrería en la alta y plena edad media hispana [9], «La posesión y exposición pública de los objetos litúrgicos y ceremoniales de materiales nobles tuvo algunos detractores, pero se mantuvo como una constante debido al carácter sagrado y de ofrenda divina que poseía.» La memoria y el prestigio del poseedor, en vida, de dicho objeto o del donante quedaría de esta forma asegurada.
Más allá de las obvias predilecciones por el oro y la plata, existía desde los primeros siglos medievales una pormenorizada enumeración y descripción de los metales a trabajar, dependiendo las necesidades. San Isidoro de Sevilla, en sus Etimologías [10] [siglo VII] hace referencia a siete metales: oro, plata, cobre, electrón -término de la Antigüedad que refería a una aleación de oro y plata-, estaño, plomo y hierro; detallando, primero el origen del nombre de los materiales, para luego pasar a sus características y, en algunos casos, exponer sus usos. Todas estas fuentes nos llevan a pensar en los riesgos de suponer un uso a priori, observando la forma de los objetos. En otras palabras, no podemos suponer un uso litúrgico previo al enterramiento, por más que sea evidente la pertenencia de un cáliz a un religioso [11]. Su materialidad será el aspecto clave que nos llevará a una búsqueda, un tanto más compleja, que denota algunas supervivencias con el pasado precristiano.
Copia manuscrita del siglo XII de «Etimologías», de San Isidro de Sevilla, conservada en la Biblioteca Académica de la Real Academia Española. Fotografía: Gentileza Real Academia Española.
Lo expresado en el párrafo anterior no pretende descartar la presencia de cálices litúrgicos en los enterramientos. Es posible que el caso de un cáliz de Lieja, Bélgica, presente en el museo Grand Curtius, difiera de los ejemplos citados. Se trata de un objeto del siglo XI, bastante más pequeño [mide 8, 8 cm. de altura, y 7, 5 de ancho] que fue encontrado en la tumba de un prelado, el obispo de Lieja, Théoduin de Baviere [+1075]. La clave aquí es nuevamente el material: está hecho en plata cincelada, repujada y grabada, por lo que podría deducirse que la importancia del obispo, y quizás también, el contexto socioeconómico al momento de su defunción, hayan hecho que, en este caso, el enterramiento se haya producido con los elementos de la liturgia que en vida le pertenecían al religioso.
Volviendo al uso de materiales «pobres» para la fabricación de piezas asociadas a la liturgia, Elizabeth Frutieaux [1999] se pregunta en su texto [12], si podemos fechar la aparición del latón en objetos sagrados. Inmediatamente asegura que es una pregunta difícil de responder, ya que, con algunas excepciones, los inventarios de las primeras iglesias medievales generalmente ignoran los cálices hechos de metales no preciosos, y que los hallazgos arqueológicos son particularmente raros. Solamente se conocen cuatro cálices carolingios de este material: el de Tassilon del 777, el de Grimfridus [780], el de Petöhaza [Odenburg] y el cáliz de saint Ludger, extraído de la tumba del obispo de Westfalia, muerto en el 809.
Esta escasez se explica por la ley canónica del siglo IX que establece la prohibición de usar materiales como la madera o el vidrio, además de cuerno de bovino, latón, estaño o incluso bronce, para la fabricación de un cáliz. Las legislaciones habían adquirido énfasis ya desde el siglo VIII a partir de una observación atribuida a San Bonifacio [680-754/755] donde se pretendía lograr una mayor sencillez en los muebles de altar, tal como se menciona en la Leyenda de oro, para cada día del año:
«Es muy celebrado un dicho de san Bonifacio, el cual hablando de los sacerdotes, y de los cálices antiguos y de los de su tiempo, dijo: “que los sacerdotes antiguos era de oro, y celebraban en cálices de madera; y que los de su tiempo eran sacerdotes de madera, y celebraban en cálices de oro”. De este dicho se hace mención en el decreto, y en el concilio Triburense». [13]
Sin embargo, los decretos sinodales de la misma época parecían proponer todo lo contrario, favoreciendo el reverenciar la misa con materiales nobles. Inglaterra será pionera en este aspecto, ya en uno de los Concilios de Celchyth [siglo VIII y IX], se prohibió el uso de cálices de cuerno [por su contacto con la sangre], exigiendo -ya en el reinado del rey Edgar [mediados del siglo X]- el uso de materiales de fundición para los cálices consagrados a la Eucaristía, prohibiendo expresamente también la madera, incluso bajo pena de multas. El abad Aelfrico de Eysham, en 998, escribió sus Canons, en los que se sostenía la orden de utilizar oro, plata, vidrio o estaño, y de ninguna manera cuerno, para la realización de estos objetos litúrgicos.
Francia, durante el Concilio de Reims, en el 803, sancionó el uso del peltre sólo para las iglesias que demostraran la imposibilidad de adquirir cálices de plata u oro. Luego vendría el nombrado Corpus Juris, cuyo capítulo XLV, se explaya en estas consideraciones, estableciendo la predilección por el oro y la plata, a menos que la pobreza sólo permita el estaño. Más adelante, será más específico: «El cáliz no debe estar hecho de latón o cobre, ya que genera óxido que causa náuseas. Y que nadie presuma decir misa con un cáliz de madera o vidrio».
El Sínodo de Rouen [1074] refuerza la prohibición de la madera y en 1175 el Consejo de Westminster en Inglaterra [1175] ordena que sólo se consagren elementos litúrgicos de oro y plata. Pero fue recién en el siglo XIII, más concretamente en 1229, cuando el obispo de Worcester declaró que todas las iglesias deberían poseer dos cálices, uno de plata para la Misa y otro de estaño para enterramiento. El pedido parece haber sido tomado al pie de la letra ya que ocho de nueve tumbas exhumadas en la región, en 1955, y que pertenecían a sacerdotes, contaban con cálices y patenas de peltre.
Para Anthony North [1999] los cálices funerarios representaban tanto el sagrado oficio del sacerdote en vida, como posiblemente también, la naturaleza pecaminosa de su cuerpo muerto.[14] Es, por ejemplo, también en el siglo XIII, cuando el obispo de Cremona, Italia [fallecido en 1215], dirá que el «cáliz [significa] el cuerpo, porque el vino está en el cáliz, la sangre está en el cuerpo». También en el libro primero, capítulo XIII, De utensilibus, de su Mitrale- elaborará una serie de argumentos asociando la materialidad de los cálices a cualidades cristianas y humanas, donde por ejemplo el oro se relacionará con la sabiduría de Cristo, la plata con la pureza y el peltre parecerá sintetizar la conexión entre la culpa y el castigo. En párrafos previos, el mismo clérigo, descarta la utilización del vidrio por su fragilidad, de la madera por su porosidad ya que se impregnaría del vino consagrado, y del latón o el bronce porque el vino oxidaría el metal y eso produciría toxicidad.[15]
De todo lo hasta aquí expuesto, resulta evidente cuán importante y trascendente es el estudio de la dimensión material de este tipo de objetos; piezas en las que el carácter simbólico de los metales establecía su mayor o menor valor; valor que a su vez se relacionaba con una función determinada. El cáliz que iba a estar expuesto a los fieles, el que iba a cumplir una función litúrgica, y podríamos decir también retórica, debía ser de oro o en su defecto de plata. Esos cálices podían transformarse también, en un futuro no muy lejano, en reliquias. Pero, aquellos que sólo iban a permanecer enterrados con el difunto no necesitaban más materialidad que el estaño o el plomo (no el vidrio, porque ya mencionamos su fragilidad; no la madera, porque su resistencia se vería comprometida bajo tierra). Esto nos lleva inmediatamente a pensar en el conjunto encontrado en la tumba del religioso en Salamanca: de acuerdo con lo observado en los cálices similares ya mencionados, se correspondería con un conjunto que cumplió una función estrictamente funeraria, por lo que posiblemente nunca haya contenido líquido alguno.
Dicha función, la de acompañar al difunto en su enterramiento, podría explicarse en relación con la iconografía del asesinato de Becket donde la presencia de la pieza litúrgica, privada aquí de su uso habitual, puede sin duda resultar una retórica visual para profundizar lo cruento del martirio [y la total entrega del santo], y buscar reforzar -en el más allá- aquella común unión del difunto con Cristo.
Comunión que luego servirá como pasaporte [bien documentado y visado] al momento de la Parusía, es decir, de la segunda venida y su consecuente Juicio Final. La inclusión del Tetramorfos, figuras de por sí apocalípticas, en el nodus de éste y otros cálices, no haría más que permitirnos redundar en esta idea.
Con el objetivo de enriquecer estos significados, realizamos un estudio material de las piezas de Schenone, para la identificación química de los materiales que las conforman. Para ello se aplicó la técnica de Espectroscopía de Fluorescencia de Rayos X [FRX], un método analítico no invasivo que permite identificar los elementos químicos presentes en un material a partir de la radiación característica que emiten sus átomos al ser excitados por rayos X. En su modalidad portátil, esta técnica puede emplearse directamente sobre las obras, posibilitando análisis in situ sin necesidad de tomar muestras. En este sentido, la aplicación de la técnica permitió determinar la composición de la aleación que conforma el cáliz mostrando presencia de plomo [Pb] principalmente, junto con estaño [Sn] y cobre [Cu], y en bastante menor medida hierro [Fe] y níquel [Ni].
En resumen, una labor interdisciplinaria que permitió enlazar datos históricos, iconográficos y químicos para devolver a este antiguo cáliz algunas significaciones en el marco de sus condiciones pasadas de producción, usos y existencia. Aspectos relevantes que esta pieza comparte junto con otros objetos que protagonizaron las elecciones inteligentes del maestro Schenone para el diseño de su colección de objetos artísticos.
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Notas:
*Centro Materia [IIAC-UNTREF]
** Centro Materia [IIAC-UNTREF]-CONICET
1] SIRACUSANO [2005] El poder de los colores, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica.
2] Es muy probable, también, que el conjunto incluyera una patena, tal como es habitual en las piezas que componen el ritual eucarístico, entre las que además se cuentan los elementos de tela como el paño almidonado que se extiende sobre el altar, llamado corporal; la palia que cubre el cáliz, el purificador para limpiar el cáliz y la patena, y el manutergio que es utilizado a manera de toalla por el sacerdote. Las patenas con función funeraria eran de muy bajo espesor, por lo que es probable que se haya perdido en gran parte, o completamente, por el deterioro lógico de los materiales en contacto con la tierra a lo largo de los siglos.
3] Entre los académicos figuran los nombres de Richard y Randolph, quienes habrían sido los responsables directos de la fundación de la iglesia. Este último, Randulfo [tal su nombre castellanizado] habría ejercido como profesor de artes en la escuela catedralicia de la ciudad.
4] THEOPHILUS, Presbyter; Hendrie, R. [Robert], tr [1847] Theophili, qui et Rugerus, presbyteri et monachi, libri III. de diversis artibus: seu, Diversarum artium schedula , extraído de: https://archive.org/details/theophiliquietr01hendgoog/page/n276
Octubre 2019.
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5] BIBLIA
6] BIBLIA
7] SURGER, Liber de rebus in administratione sua gestis [1144-1148].
8] HERRÁEZ ORTEGA, María Victoria, [2003] «Apuntes para el estudio de la orfebrería en la Alta y Plena Edad Media Hispana», Estudios de platería. San Eloy, Universidad de Murcia, P. 283.
9] HERRÁEZ ORTEGA, [2003] Op.cit. p. 284.
10] SAN ISIDORO DE SEVILLA [2004] Etimologías, Libro XVI, «Sobre los metales», Cap. 17, Biblioteca de Autores cristianos, Madrid. p.1133.
11] Cristina Vidal Lorenzo ha demostrado que se encontraron cálices en enterramientos de laicos, de familias nobles, en distintas regiones de España. En muchos de estos casos se trata de cálices de vidrio. LORENZO, Cristina Vida [2008] «Funerary traditions and death worship in the church of the Borgia in Gandía: Interpretations fron archaeology», en World Archaeology, Vol. 40, Taylos &Francis.
12] FRUTIEAUX Élisabeth [1999] «Entre liturgie et sacralité. Enquête sur la nature et la fonction des calices durant le haut Moyen Âge», en Revue d'histoire de l'Église de France, tome 85, n°215, pp. 225-246;
13] Leyenda de oro, para cada día del año. Vidas de todos los santos que venera la iglesia. [1844] Revisada por el Rvdo. Dr. Don José Palau, Barcelona. Tomo Segundo, p. 320.
14] NORTH, Anthony, [1999] Pewter at the Victoria & Albert Museum, London, V&A Publications, cat. 6, p.43
15] Sicardus Cremonensis, Mitrale, sive summa de officiis ecclesiasticis, Libro I, capítulo XIII, en J.-P. Migne, Patrologia Latina [París: 1855], vol.213, col. 55C-56A, y ver en línea en http://pld.chadwyck.co.uk




