El Jefe Cervo Bianco. Folletín en dos entregas [última parte]

Carnet fascista del Jefe indio White Elk, retratado con sus atavíos. Museo de Antropología Criminal Cesare Lombroso, de Turín, Italia.



La condesa Khevenhüller-Metsch, con toda su elegancia y su fortuna, en principio le abrió su corazón a la campaña solidaria del Príncipe de los Indios de Canadá.



El periódico Allgemeine Automobil-Zeitung, del 4 de septiembre de 1910, nos muestra a la condesa, ganadora de la competición organizada por el Automóvil Club de Carintia. Y a la derecha, una vista parcial de los competidores. Fotografías: Gentileza Wikimedia.



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, este año publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo, 2021). Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ


Por Irina Podgorny *

Las andanzas de un supuesto jefe indio canadiense en la Italia fascista de hace un siglo es la materia que trata la doctora Podgorny para introducirnos en otra de sus historias sorprendentes.


La primera entrega forma parte del número de diciembre, vale la pena leerla si aún no lo has hecho. Recorriendo el Archivo del Museo Cesare Lombroso de la Universidad de Turín, la autora dio con las miles de cartas que le escribían al Príncipe Alce Blanco, también llamado White Elk y Cervo Bianco… «Todas -o casi todas- reconocen haber aprendido de la prensa que su Alteza Real, el príncipe de los indios del Canadá, es una persona buena y generosa que reparte dinero a los pobres. Por eso, se atreven a molestarlo, confesando su desesperación a ese extraño, a alguien llegado de lejos, vestido con plumas y pieles, que recorre Italia rodeado de jóvenes camisas negras, vitoreado por los niños legionarios Balilla.»


Pero… En estas historias, siempre hay un pero.


II

Su Majestad, el Príncipe de los Indios del Canadá, se llamaba Edgar Laplante y había nacido en Rhode Island en 1888. En 1926, terminó preso en una cárcel piamontesa, declarado culpable luego de los procesos que tuvieron lugar en Turín y en Lugano aunque en 1932 fue indultado y regresó a los Estados Unidos, donde murió en 1944. En 1925 había sido denunciado por sus creadoras y mecenas, las condesas austríacas Khevenhüller-Metsch, la fuente del dinero que Su Alteza repartió en la gira italiana de 1924. Había llegado el momento, según ellas, de reclamar lo prestado. 


Maria Melanie Anna Theresia Khevenhüller-Metsch, de soltera Erdődy de Monyorókerék et Monoszló [1861- 1954] era una automovilista austriaca, una de las primeras mujeres de su rango en conducir un automóvil y una de las cofundadoras del Automóvil Club de Carintia. Participó y ganó varias carreras organizadas con anterioridad a la Gran Guerra. Procedía de una familia de magnates húngaros de Erdődy, su padre era el gobernador hereditario de la actual Varaždin y Helena Oberndorff, su madre, había sido dama de palacio de la emperatriz Elizabeth, la esposa de Franz-Joseph. En 1888 se casó con Alfred Khevenhüller-Metsch [1852-1911], por entonces capitán de caballería del 14º Regimiento Imperial y Real de Dragones. Dos años después de su matrimonio, el padre de Alfred, el conde Othmar Khevenhüller-Metsch, falleció y la pareja se trasladó al castillo de Hochosterwitz, su heredad en Carintia. Del matrimonio nacieron tres hijos, Franz, Georg y Antonia, esta última una figura central en el encuentro con Alce Blanco.


En 1905, los condes de Khevenhüller-Metsch visitaron el Salón del Automóvil de París. Allí conocieron al cónsul austriaco y entusiasta del automóvil Emil Jellinek quien tenía buenos contactos con la Daimler-Motoren-Gesellschaft que presentaba sus modelos en la feria. Entre ellos, el chasis de un Mercedes-Simplex. La condesa Khevenhüller-Metsch, fascinada desde joven por la velocidad de los caballos húngaros, adquirió el coche sin carrocería, una compra que incluía al chófer que lo condujo desde París hasta Carintia sentado en una caja de madera. Allí, un carpintero local fabricó un carenado y, más tarde, el coche recibió la carrocería fabricada por la empresa Lohner. La condesa, tras la muerte de su marido en 1911, se retiró del automovilismo. Murió a los 94 años, en la finca familiar de Niederosterwitz. Su Mercedes se mantuvo en la propiedad de la familia, restaurado por uno de sus nietos en la década de 1960.


En 1909, cuando la condesa ya había ganado varias carreras, el Automóvil Club Austriaco contaba con 1.145 miembros, de los cuales 59 eran mujeres. Los valores de independencia y movilidad personal que acompañaba la promoción de los automóviles la convirtieron en un símbolo de emancipación. En la década de 1920, cayó rendida a los pies de la campaña del príncipe del Canadá, decidiendo entregar su fortuna a la causa de los indígenas del Nuevo Mundo.

 

III


«Esta troupe de Pieles-Rojas, llegados ayer a la Estación del Norte procedentes de Londres, se compone de tres jefes: Águila Vieja, Oso Solitario y Bisonte Negro, acompañados de sus mujeres e hijos. Otro indio la conduce: Alce Blanco, un viejo conocido de los dancing de París. Esta tribu de Arapahos no llegó a Francia por los senderos de la guerra sino por los de la paz. Dice que quiere que la Sociedad de las Naciones escuche las reinvindicaciones de su raza. Mientras espera -este proyecto parece más realizable que el otro- se exhibirán en un music-hall, durante la representación de la gran producción fílmica de la cual participaron.»


El reportero de Paris Soir -donde se publicó aquel texto acompañado de una imagen- concluía: Seamos justos: estos indios no le han arrancado el cuero cabelludo a ningún carapálida. Todavía.


IV


El año cinematográfico de 1923


El 1 de febrero de 1924, L'Amour de l'art : revue mensuelle, publicaba la opinión de Léon Moussinac acerca del estado del cine francés. Moussinac, el promotor del séptimo arte, uno de los pocos escritores que no confundía crítica con publicidad, había afirmado en el Paris-Journal:


«De hecho, en Francia ocurre lo mismo que en los demás países que se dicen grandes productores de cine. Los Estados Unidos repiten lo mismo una y otra vez pero despojándolo de toda la fuerza y la virtud de las versiones originales: La Caravane ver l’ouest es una forma degenerada de Pour sauver sa race (The Aryan, 1916) y de La Caravana [Wagon Tracks, 1919]».


No actuó en la película, pero Alce Blanco se las ingenió para incorporarse a su campaña promocional en Europa y pronto, el periodismo centró la mirada en su figura exótica. 


Moussinac se refería a The Covered Wagon, una película muda estrenada por Paramount Pictures en junio de 1923 en Nueva York y dirigida por James Cruze, basada en una novela homónima de Emerson Hough. En ella, un grupo de pioneros viajaba desde Kansas hasta Oregón atravesando los peligros del desierto y las montañas, sobreviviendo al hambre, al frío, al calor y a los ataques de los indios.


Fue una gran producción con un presupuesto de 782.000 dólares, equivalentes a 13.431.461 actuales. Requirió un reparto y un equipo enormes, contratándose a 30.000 extras. Se rodó en California, Nevada y Utah con escenas que incluían la caza del búfalo y una estampida que se filmaron la isla del Antílope en el Gran Lago Salado de Utah. En el proceso, se abatieron siete bisontes de la manada que allí vivía. Por otra parte, para la caravana no se utilizaron réplicas sino vagones históricos en posesión de los herederos de los pioneros, pagándoles un alquiler de 2 dólares por día (unos 34,35 dólares) y pienso para el ganado. De esta manera, las familias propietarias de los carromatos actuaron como extras, conduciéndolos s y viviendo en ellos durante la producción. Las familias indígenas de la zona también fueron contratadas para representar a las tribus del siglo XIX mientras el director, James Cruze, se encargó de encarnar al jefe indio.


La película fue la segunda más taquillera de ese año y la favorita del presidente Warren G. Harding, que la proyectó en una sesión especial en la Casa Blanca durante el verano de 1923. Contra la opinión de Moussinac, hoy, los críticos que mezclan cine con producción y publicidad, la consideran una obra fundamental del cine mudo.


En 1923, aprovechando del éxito de la película, un actor de vaudeville que vivía en Europa, se sumó a la caravana que acompañaba a su estreno del otro lado del mar. La prensa francesa lo detectó de inmediato y aprovechó para mofarse de los políticos locales, promotores del radicalismo, el socialismo y la solidaridad internacional:


«Las columnas de publicidad teatral de los principales diarios se han hecho eco últimamente de los siguientes titulares:

Alce Blanco, líder de dieciséis mil indios, delegado en la Sociedad de Naciones, baila todas las noches a partir de medianoche en el Canari.

¡El Canario! Antiguamente se les llamaba Gran Águila u Ojo de Halcón.

Parece que, por reciprocidad, los señores Léon Bourgeois y Albert Thomas acaban de firmar un bonito contrato con una sala de baile de Oklahoma [EE.UU.]»


El jefe indio que se decía enviado por sus hermanos americanos era un actor de cine devenido estafador y, en ese sentido, se lo comparaba con los políticos locales, en particular con el padre del movimiento y la filosofía solidarista, situada entre el individualismo y el colectivismo, y con el promotor francés de la Organización Internacional del Trabajo. Objeto de la burla francesa, Alce Blanco fue arropado por el dinero de las condesas Khevenhüller, las juventudes fascistas y la prensa italiana, contribuyendo -modesta pero  vehementemente- a construir la ruina del porvenir. 


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios 


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