Israel Hoffmann, el escultor de provincia que supo seguir sus sueños

Israel Hoffman, Retrato de mi hijo. Mármol. Gentileza Museo Provincial de Bellas Artes Dr. Pedro E. Martínez, Paraná, Entre Ríos.



El artista frente a su obra. Fotografía vintage. Gentileza del autor.



Israel Hoffman, El huérfano. Bronce. Con esta obra el autor gana la medalla de plata de la sección escultura del XVIII Salón Nacional. Gentileza Museo Provincial de Bellas Artes Dr. Pedro E. Martínez.



Marcelo Olmos


Autor del ensayo titulado «Israel Hoffman. Escultor de Entre Ríos» [Editorial de Entre Ríos, Paraná, 2003], es arquitecto. Se desempeñó como Director por Concurso de los Museos Provinciales de Bellas Artes de Entre Ríos y de Santa Fe entre 1992 y 2011. Fue docente en la Universidad Nacional del Litoral y en la Universidad Autónoma de Entre Ríos. Premio Fray Mocho 2003, máximo galardón literario de su provincia, Entre Ríos. Pertenece a la Academia Nacional de Bellas Artes como Delegado Académico en Entre Ríos. Ha publicado además, un estudio sobre Juan Manuel Gavazzo Buchardo, y un minucioso ensayo titulado «Paraná: arte y sociedad. 1730 - 1940» [2022]


Por Marcelo Olmos *

Sin duda es el escultor más relevante que nació y vivió en Entre Ríos; junto a Manuel Vercelli y Felipe Aldama integra el grupo estelar de figuras relevantes en el oficio nacidos o afincados en la tierra de Urquiza. Eligió volver a su provincia y en ella dejó un legado importante, una obra signada por el fuerte carácter que le daba a la misma, en donde se expresa una compleja vida tironeada por su comunismo romántico, su fidelidad a las raíces judías y su desarrollo en un medio parco a la hora de celebrar el arte, donde existían más escritores y poetas que artistas, al decir de su comprovinciano el periodista Luis Gudiño Kramer.

 

Nació en Colonia Hocker, el 14 de junio de 1896, en el departamento Colón, fue el mayor de los cinco hermanos del matrimonio de Salomón Hoffmann y Sara Grimfeld. La familia se trasladó a Chile, a la localidad de Victoria, cercana a Temuco, donde Israel vivió varios años hasta su retorno a Buenos Aires. Allí ingresó en la Academia de Bellas Artes en la que fue alumno de Ernesto de la Cárcova, aunque Hoffmann siempre manifestó que no tuvo maestros. A comienzos del siglo XX Buenos Aires era una ciudad cosmopolita donde la irrupción de la modernidad la hacía territorio de ricas experiencias y del desarrollo del arte como nunca se había dado hasta entonces, aunque -lo hace notar Taverna Irigoyen-, transita un tiempo escultórico difícil, poco caracterizado, pleno de influencias y de heterodoxias estilísticas.

 

Aquel alumno entrerriano y recién llegado desde el sur de Chile, participa en las actividades de la Mutual de Estudiantes, siendo premiado en la tercera edición del Salón en 1924. Su presencia en el Salón Nacional de 1925 con la obra «El Rabino» llama la atención de Ricardo Gutiérrez, quien escribe en La Razón: «francamente nos ha sorprendido la bella exposición de este artista, cuya labor serena es digna de mayor respeto», la nota se explaya en un análisis elogioso de sus obras. Ese mismo año recibe el Primer Premio en el Salón de Otoño de La Plata. En 1928 participa en el XVIII Salón y obtiene el segundo premio por su obra «El huérfano». Fue muy ponderado por León Pagano que destacó su talento en una larga nota. Los elogios de Leonardo Starico, Manuel Rojas Silveyra, José María Lozano Moujan y Victoria Gucovsky se suman para estímulo del escultor. En esos años lo encontramos en varios salones, incluidos el de Rosario, el anual Nacional de Santa Fe y el primero de Paraná.

 

Participará del Salón Nacional aún en sus tiempos de residencia en Paraná, donde se instala en 1935 aceptando un empleo en el municipio de la capital provincial, urgido por la necesidad de contar con ingresos permanentes que le permitieran sostener su casa, un hogar ya con cuatro hijos. Alejarse de la dinámica de Buenos Aires fue una decisión que tuvo sumas y restas, aunque permaneció en contacto con amigos y galerías por largo tiempo, recordemos su amistad con Libero Badí con el que mantenía correspondencia habitual.

 

Apartarse de Buenos Aires, donde críticos, galerías, publicaciones especializadas y un público frecuentador de espacios de arte significó para Hoffmann convertirse en un artista de provincia con lo que eso implicaba e implica aún hoy.

 

Pero fue la comunidad judía su más fiel seguidora, la que lo tuvo presente en muestras realizada en sus locales porteños, en Córdoba y en Montevideo, y en la compra de sus obras. En 1994 cuando sucede el atentado a la AMIA, en la institución existían 13 obras del escultor que sobrevivieron al derrumbe del edificio. Hoffmann manifestó toda su vida su pertenencia a la colectividad, el continuo volverse sobre sus orígenes para aprender y tomar de ellas la fuerza que le supo imprimir a sus obras.


Ensayo. Yeso patinado. Colección particular. Fotografía vintage. Gentileza del autor.


Si vida en la provincia no le resultó fácil -no solo era un artista, profesión escasa, sino de ideas de izquierda y encima judío-, si bien realizó su primera muestra en el Museo Provincial de Bellas Artes de Entre Ríos en el mismo año de su retorno, presentándose ante una sociedad a la que el arte le era insensible, a diferencia de Santa Fe, donde el ambiente cambia y se hace más receptivo, hacia donde cruzaba con frecuencia. En una reunión en la capital santafesina le comenta a Rosaura Schweizer, periodista de la Revista Nosotros, la indiferencia provinciana, le confiesa que ningún medio gráfico se había ocupado de su segundo premio en el Certamen realizado con motivo de los 400 años de la Ciudad de Buenos Aires.

 

Tenaz, sigue asistiendo a Salones fuera de la geografía provinciana, actúa de jurado, participa en algunas exposiciones, y recibe en 1938 un largo y elogioso artículo, una vez más de León Pagano, en La Nación: «[…] toda la escultura de Hoffmann tiene como término un fin esencial, la expresión por el carácter. Así en las obras primigenias, así en las más recientes. Este sentido interior de alma personal, lo individualizó de inmediato en los viejos Salones de Retiro. Por eso, quizás, concentró su actividad mayor en el trazo, en las cabezas, en el análisis del rasgo y sentir fisionómico…en ello reside todo el hechizo de su arte, haber hecho del oficio bien adquirido un sentir. El arte, todo él, esto es en definitiva, un fluir de esencia lírica.» Por su parte, Romualdo Brughetti sitúa a Hoffman en el territorio de aquellos enrolados en lo autóctono y costumbrista. Y tiene razón, obras como el Viejo pescador, El soldado de Ramírez, Campesinas de las colonias y Muchachos de la ribera, solo afirman cuánto indagaba en el alma de sus comprovincianos.

 

En 1940 prepara una monografía sobre su trayectoria, prologada por Enrique Estrada Bello y con una selección de fotografías de cuarenta de sus obras. En ella destaca su admiración por Yrurtia, Riganelli y Musso, pero reconoce que su amor primero es Rodin.

 

Lo comentamos, cruza seguido a Santa Fe donde el ambiente es mucho más amable, donde otros artistas comparten y se reúnen, y donde el Salón Nacional Anual es ya una costumbre. Allí Horacio Caillet Bois, César Fernández Navarro, Enrique Estrada Bello, Agustín Zapata Gollán, Sergio Sergi y José Planas Casas eran sus interlocutores, con ellos compartía reuniones y eventos. En 1944 la intervención de la provincia encabezada por el Teniente Coronel Carlos M. Zaballa, un personaje de pocas luces, enrolado en lo más reaccionario y con demasiadas veleidades, dispuso su cesantía en la Escuela Provincial de Artes Visuales, y claramente por su condición de judío corrió la misma suerte que otros ciento veintidós prestigiosos educadores del mismo origen. Las andanzas del interventor sumaron la expropiación de El Diario, el matutino de la capital, y la mordaza a La Acción, diario ligado a la curia local, el allanamiento de los locales de las Ligas Masónicas y la presentación de un nuevo plan de formación de docentes centrando los nuevos pilares en el ámbito educativo, antagónicos a la «pedagogía positivista y utilitaria» del régimen liberal.


Israel Hoffmann en su taller. Fotografía vintage. Gentileza del autor.


Vivir en provincias no es gratuito, le cuesta ser atendido y considerado. Aquel triste episodio no fue aislado, para su pesar el desdén se repetía, como sucedió con el busto de Sarmiento colocado en el ingreso de la imponente Escuela del Centenario, obra de Hoffmann y que fuera sustraído en enero de 1959. Cuando se encaró su remplazo la Comisión convocada para resolver el tema ignoró el ofrecimiento del escultor -propuso reemplazarlo sin costo alguno- en una ostentosa manera de lucir prejuicios e ignorancia. Se terminó haciendo el encargo a un escultor santafesino, y se colocó la escultura, ahora de cuerpo entero, en un sector del predio de la escuela situado frente al taller de Hoffmann. Casualidad o intención, nunca se sabe.

 

Pero también tuvo apoyo en otras personalidades de la provincia cuyos retratos y placas de homenaje testimonian el aprecio por su obra y talento de lo más granado de la sociedad entrerriana en ese tironeo de provincias entre la indiferencia y la adhesión.

 

Sus artes se expanden en la provincia

 

Con el paso de los años su presencia en Entre Ríos se hace más notoria, interviene en homenajes en varias localidades a sus ilustres vecinos, realiza exposiciones en el Museo Provincial, en El Ateneo Etchevehere, en el Sindicato de Prensa, además de hacerlo en Santa Fe, en Buenos Aires, en Mar del Plata. Participa de salones y jurados, y su rol como docente sienta las bases de una Escuela Provincial de Artes Visuales donde una nueva generación va a poblar de presencias el campo del arte en la capital provincial. Muestra también su producción como pintor y grabador, con obra sólida que afirma su talento.

 

En 1963 es nombrado director del Museo Provincial de Bellas Artes Dr. Pedro E. Martínez, cargo que desempeñó hasta 1967, en momentos difíciles para la institución. Logra al fin romper resistencias e instalarse como el único nombre con proyección fuera de la provincia junto al del maestro Cesáreo Bernaldo de Quirós, al decir de Luis Gudiño Kramer en su incisivo análisis de la producción cultural de Entre Ríos en las décadas del 50 y 60 del siglo XX. En 1967, se le informó que una de sus obras, «Tocando el Shofar», había sido presentada como obsequio al presidente de los Estados Unidos, Lyndon B. Johnson, durante la reunión de presidentes americanos de Punta del Este en abril de ese año. De su autoría es el busto del General San Martín emplazado en Tel Aviv y en 1961 expone en Cali, Colombia.

 

Isarel Hoffmann fallece en 1971, dejando atrás una rica obra que se reparte en museos públicos y colecciones privadas; en plazas y cementerios de su provincia natal, y en locales de la comunidad judía dispersos por el mundo. Una obra estupenda, hecha con pasión, aferrada al realismo romántico que buscaba lo escondido en rostros y situaciones para plasmarlo con fuerza.

 

Notable artista que sabe manejar con soltura el espacio en su obra, no pudo -no quiso- apartarse de su lenguaje realista, formado en el madurar de su personalidad. Durante años se negó a plegarse a un modernismo a la moda simplemente para satisfacer las expectativas del momento. Él fue un escultor honesto, que adhirió al realismo pleno de fuerza romántica alimentado en sus profundas raíces y al que sentía propio. Incorporarse a las nuevas tendencias sería mentir y mentirse a sí mismo. Decidió seguir fiel a lo suyo a pesar de que aquellos nuevos tiempos lo relegaban al silencio.


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios



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