Libros peregrinos en el siglo XVIII: José de Yepes y su viaje de retorno de Cádiz a Quito por la vía de Buenos Aires [1]

La Peregrina de Quito. Imagen de peregrino con la Virgen de la Merced de Quito, una escultura, transportada sobre la mula que conduce el fraile mercedario. Esta obra se conserva en  el Met atribuida a un artista cusqueño desconocido, datada hacia 1730 - 1740. Fotografía: Gentileza Metropolitan Museum of Art, Nueva York.



María Santissima de la Merced, la Peregrina de Quito. Circa 1770. Grabado sobre papel, 52,2 x 42,5 cm. VER



Vista de la nave principal en el interior de la Iglesia de La Merced, Quito, Ecuador. Fotografía: Diego Delso. Gentileza Wikipedia.org.



Documentación preservada en el Archivo General de Indias, Sevilla, España, con el expediente levantado en Buenos Aires en 1764.



Pedro Rueda Ramírez


Doctor en Historia, catedrático de universidad y coordinador del máster en Bibliotecas y Colecciones Patrimoniales de la Universidad de Barcelona. Es investigador principal, conjuntamente con el profesor Lluís Agustí, del proyecto «Interferencias culturales: políticas editoriales y circulación del libro en el atlántico hispánico [1492-1834]», ha sido coordinador del equipo de la Universidad de Barcelona del proyecto europeo Erasmus + CODICIS dedicado a la formación en patrimonio bibliográfico. Su monografía más reciente es Libros y bibliotecas en Puebla de los Ángeles: circulación atlántica y consumo de impresos (siglos XVI-XVII) [2023] y su último artículo se titula «Un envío de libros de la Segunda parte (1692) de sor Juana Inés de la Cruz y otros títulos camino de Nueva España: la red de circulación de Sevilla a México» en Estudis. Revista de Historia Moderna [2024].


Por Pedro Rueda Ramírez *

Universitat de Barcelona


El mercedario quiteño José de Yepes inició un largo viaje de peregrinación devota que le llevó desde Quito a Nueva España y de allí a Europa, para regresar desde Cádiz por la vía de Buenos Aires de retorno a su convento en Quito. Este viajero-aventurero vivió mil peripecias en su periplo americano (y europeo). Si tuviéramos su diario de viaje, sin duda, lograríamos una imagen de una América rica y diversa, que él pudo conocer de primera mano predicando y caminando por tierra y recorriendo las rutas marítimas del Atlántico a la ida a Europa y a su retorno. Al volver a su convento quiteño llevó muebles, objetos valiosos y una gran cantidad de libros adquiridos en España. En su recorrido fue convirtiendo sus prédicas y encuentros ciudad tras ciudad en una oportunidad para mover a devoción con su predicación y repartiendo estampas y otros materiales devotos como medallas y cruces con los que lograba un rédito de limosnas. En el caso de las imágenes podían ser estampadas en papel, las más comunes, o en seda, ya que tenía unas «trescientas y tantas estampas en seda grandes con su punta».

 

Es difícil imaginarse un religioso en constante peregrinar, pero hubo entonces numerosos viajeros de las órdenes, que iban de unos lugares a otros en diversas comisiones o, en casos como el de Yepes, sorteando jurisdicciones y procurando una libertad de movimientos y de alianzas notables con los próceres locales acompañado de una copia de la escultura de la «Peregrina de Quito», una imagen de Nuestra Señora de la Merced a la que se atribuían numerosos milagros y que la tradición quería conectar con una supuesta donación de la escultura por parte del emperador Carlos V.

 

La imagen había peregrinado previamente en Sudamérica, de hecho, los mercedarios realizaron varios recorridos en el Perú para recaudar dinero para la construcción de un nuevo templo, tras los daños producidos por un terremoto en 1698. [2] El viaje de Yepes, más tardío, aunaba estos ideales que incluían numerosos milagros de la imagen con una representación americana, distinta a los modelos clásicos de la orden. Yepes protagonizó el retorno de la misma a Cádiz y a su regreso a América extendió la proyección continental de aquella imagen de altar, cuya representación se configuró  en la primera peregrinación peruana, con cortinajes, ángeles volanderos, decoración de arquitectura y un típico sombrero de viajero que llevaban el niño Jesús y María, dotándolos de un aspecto de peregrinos que identifican la imagen. [3]


El dinero recaudado en el viaje de ida y retorno le permitió comprar bienes en Europa que finalmente embarcó en Cádiz el año 1763. Antonio Porlier en sus Advertencias cristiano-políticas [1757-1759] observaba con buen criterio que «la piedra de toque donde se conocen los genios es el trato familiar y estrecho, mayormente de puertas adentro, como sucede en una navegación larga». En cada paso del viaje logró hacerse con aliados, y al llegar a Buenos Aires estuvo un tiempo ocupado en la ciudad, antes de seguir su camino. En el momento de inicio de su viaje declaró en la Aduana un total de 140 cajones [de ellos nada menos que 116 cajones con libros, lo que resulta notable por su volumen] para llevarlos a Quito por la vía de Buenos Aires. Esta ruta menos habitual para este viaje de regreso hizo saltar las alarmas del fiscal de la Corona que le acusó de contrabandista. El pleito con el fiscal convencido de su papel como negociante resultó largo y complejo, tildando al fraile de «artificioso y advertido», sin obviar que iba pertrechado de breves papales sin el pase del Consejo, algo que también provocó una situación delicada ordenándose su recogida [Archivo General de Indias (AGI). Quito, 288, nº 7]. La acusación a un religioso también podía generar problemas por las disputas jurisdiccionales entre las autoridades civiles y las eclesiásticas, siempre enzarzadas en defender sus intereses estamentales.

 

Yepes logró articular una eficaz defensa y refugiarse en la lucha de jurisdicciones para alcanzar sus objetivos, durante más de diez años de papeles cruzados con sus enemigos tuvo oportunidad de enredar y desenredar la madeja de las jurisdicciones y refugiarse en diversas alianzas. Todo empezó con un fuego «amigo» que inició el proceso, revelando que algunas estratagemas acusadoras partieron desde la propia orden, ya que Yepes debió molestar a algunos religiosos. De hecho, el Vicario General Fr. José de Fuente ya advertía que «la multitud de caxones que había conducido el enunciado religioso hacía sospechar con bastante fundamento eran para comerciar», lo que encendió la mecha de la acusación.

 

Desobedeciendo a su orden cuando le convenía y enredando en papeles en los capítulos provinciales mejoró su posición y logró mantenerse en sus actividades, que él calificaba como de misión y peregrinación. Un resumen claro del asunto fue declarado por Fr. José de la Fuente que informaba al General de los mercedarios comentando «inmensa carga que conduce de España de toda especie de géneros con el especioso título de que los trae no para comerciar sino para beneficio de su convento y otros y que los ha comprado con el dinero que ha recogido de las limosnas que le han ofrecido los fieles de ambas Américas en la peregrinación que ha hecho por ellas con Nuestra Señora Madre» [Archivo Histórico Nacional (AHN). Diversos, 37, n. 39. Carta desde Arequipa, 1765]. Finalmente, los 116 cajones de libros embarcados en Cádiz se convirtieron en 50 cajones entregados al convento, los 66 restantes se vendieron para pagar los gastos del viaje. Un fraile a medio camino entre el devoto peregrino, el avezado editor de estampas y el negociante en libros, que lograba con mil artimañas sortear diversas oposiciones a sus tareas, de su propia orden y de sus enemigos, que los tuvo, en determinados momentos en abundancia, y procurarse amigos e incrementar al llegar a América sus relaciones con mercaderes, miembros del cabildo y de su orden y autoridades eclesiásticas como el obispo de Buenos Aires. Las cartas favorables y la red clientelar le sostuvieron en sus cargos, a pesar de sus evidentes contradicciones y el caudal de papeles en el que se fue envolviendo el asunto.

 

La Virgen Peregrina camino de Nueva España

 

José de Yepes justificó su peregrinación constante por la conveniencia de recoger limosnas para la ermita de San José de la que procedía la imagen que llevó consigo, con la finalidad de fundar un «convento en dicha ermita y conducir misioneros» [AGI. Quito, 288, nº 7]. Buen conocedor de los complejos permisos necesarios para hacer algo así obtuvo del papa Clemente XIII un breve que le autorizaba a llevar un altar portátil en su viaje por Nueva España [AGI. MP-Bulas, Breves, 481]. La imagen de la Virgen de la Merced conocida como La Peregrina fue esencial para lograr sus objetivos.


La quincallería religiosa, como hoy nuestros imanes de recuerdo, permitían que el viaje se fuese financiando y, de hecho, en torno a la devoción se articuló un merchandising bastante común en otros casos, que fue explicado por uno de los frailes que le acompañaba, Fr. Pedro de Saldaña, al que le preguntaron por unos mercaderes de Puebla y Veracruz, y si se valía de estos intermediarios, a lo que respondió: «para varios encargos y compras de medallas, cruces y otros efectos para la postulación en tan gruesas cantidades que hubo ocasión en que se compraron por su mano cien mil y la listonería de diversos anchos para satisfacer la devoción de los fieles con medidas de la Santa Imagen» [AGI. Quito, 288, nº 7]. Es muy interesante para los estudios de historia cultural esta diversidad de consumo devocional que Roca ha reconstruido para el caso de la Peregrina de Quito, mostrando aspectos simbólicos y mostrando cómo podía generar adhesiones diversas en las que los naturales de los territorios peruanos tenían su propia agencia de peticiones y requerimientos a la imagen. [4] 


En su peregrinar Yepes avanzaba por caminos que requerían de un notable esfuerzo cotidiano y los transitaba portando lo esencial. En su andar hacia el puerto de Acapulco, llevó un «misal nuevo y un lente que vulgarmente llaman tutilimundi», un objeto sin duda que despertaría notable interés y que estuvo relacionado con los artilugios ópticos y mecánicos que darían lugar a las linternas mágicas y las cajas catóptricas que en el siglo XVIII generaron una notable fascinación. Además, llevaba unas «láminas de bronce y escudos, para sacar estampas, y escudos» que fueron providenciales para abastecerse de materiales vendibles que fueron devotamente comprados para cumplir tareas de protección, mediación y salvación. El uso de los tórculos para mover la devoción, generando afectos y emociones en el público mediante sermones y oraciones, resultaba habitual en los viajeros en misión, ya que cabe entender esta aventura como un ciclo devoto singular, con unos frailes viajeros en su deambular por los caminos coloniales. Un aspecto esencial en el caso quiteño, en el que no siempre era posible encontrar las prensas necesarias para estas tareas; de hecho, el viaje le permitió ir empleando a distintos impresores y artesanos que le ayudaron en la tarea de reproducir láminas, hasta el punto de «haber llenado toda la provincia y la de los Pastos y Barbacoas».

 

Del puerto de Cádiz al de Buenos Aires

 

El jesuita Bernardo Recio realizó la ruta atlántica en 1749, un viaje complejo y que requería semanas de navegación en situaciones no siempre fáciles para los viajeros. Recio describió los tres rumbos que podían seguir los viajeros que se encaminan al reino de Quito. El primero consistía en navegar hasta Cartagena, seguir la ruta por el río Magdalena y por tierra a través de Monpox, Popayán, Pasto «y aunque el camino es muy dilatado se hace más fácil por lo poblado y ameno»; el segundo, que Recio y los 49 jesuitas que lo acompañaban siguieron, era el tradicional paso del istmo de Portobelo a Panamá, para embarcarse en esta ciudad con destino a Guayaquil desde donde «pasando el río y montes altísimos, por Riobamba, Ambato y Tacunga, se logra un camino llano, plácido y deleitable» hasta Quito; el tercero que apunta Recio era «rumbo por el Marañón, bajando río abajo al país de los portugueses». [5] Esta fueron las rutas habituales para un viaje lento y que requería de una notable dosis de paciencia y resistencia física.

 

Como hemos comentado, José de Yepes eligió un navío y una ruta menos frecuentes, aunque no inusual, ya que en la segunda mitad del siglo XVIII la bahía de Cádiz mantenía un peso clave en el tráfico comercial con América, incluso después de la apertura de otros puertos al comercio en los años que van de 1765 a 1778. En lo que se refiere a la presencia de libros en los navíos que viajaban a Buenos Aires una muestra de 50 navíos que lo hicieron bajo registro, entre 1721 y 1758, revela que llevaron libros como mercancías 27 navíos [54%] sumando conjuntamente un total de 1.057 cajones, 4 baúles, 1 cofre, 1 tercio y 457 ejemplares, pero no tenemos cifras de conjunto sobre los títulos o los volúmenes embarcados. [6] El envío de Yepes de 140 cajones [116 de ellos con libros] lo sitúa entre los más elevados, pues la media de los 27 navíos que fueron a Buenos Aires, ya citados, es de 40 cajones y tan solo en dos casos se superan los cien cajones [183 en 1752 y 124 en 1755].

 

La ruta de Yepes en 1763 se enmarca en un momento de debate en torno a la libertad de comercio desde los territorios de la Corona española con América. En los años 1750-1765 se redactaron numerosos memoriales y discursos como el de Pedro Flores Silva de 1752 en el que advertía al Rey de la necesidad de una mayor liberalización del comercio para que no se «bastardee la lealtad» ni «en los vasallos desfallezca el ánimo». En el caso bonaerense la transgresión de las leyes era algo perfectamente asentado en el trato comercial. Entre 1658 y 1702 llegaron al Río de la Plata 34 navíos de registro que cumplieron con los trámites y 124 que recalaron al margen del sistema legal. [7] Un fenómeno que no podía pasar desapercibido a nivel local y que revela que las élites estaban claramente al tanto de tales negocios y, en algunos casos, participaban de estos circuitos comerciales que enriquecían a los agentes del comercio bonaerenses.

 

El riesgo del contrabando con los productos que llevaba Yepes se enmarca en dicho contexto en el que, desde el virreinato peruano se intentaba restringir estas rutas y reforzar su papel como receptores de bienes europeos y exportadores. La situación de Buenos Aires estuvo ligada al ingreso de mercancías, especialmente extranjeras, a través de colonias como la de Sacramento. En 1763, el mismo año de llegada de Yepes, el 10 de febrero, se firmó el Tratado de París en el que figuraba la entrega de la «plaza de la Colonia del Sacramento» a los portugueses para facilitar el contrabando, que la utilizaron como hicieron los ingleses a principios del siglo XVIII. [8] Al menos hasta la llegada del primer virrey Pedro de Cevallos, pues una de las finalidades de la creación del Nuevo Virreinato del Río de la Plata en 1776, fue eliminar esta colonia y consolidar el área económica bonaerense con la libre apertura a la navegación y el comercio, dictada por el Reglamento que Carlos III firmó en 1778.


Imagen del documento original conservado en el Archivo General de Indias. En el mismo se advierte el sello de agua del papel manuscrito. Imagen: AGI.


Antes de regresar José de Yepes debía obtener licencia de pasajero y sobre este asunto tuvo, como tantos, algunos peros y trabas, puestos en este caso por el bailío fray Julián de Arriaga el 9 de junio de 1763 ya que Yepes viajaría con «un donado que trajo», Antonio Castañeda, un joven de 24 años del Real del Monte de Pachuca en la Nueva España, que le acompañó en su venida a España en 1760 y ahora regresaba, tres años después, acompañándole a Buenos Aires [AGI. Contratación, 5506, n. 1, r. 34, f. 1]. Además quería regresar con «un criado natural de estos reinos, como asimismo varios géneros para ornamentos y otros usos de los religiosos», pero esto no gustó, ya que bajo capa de criados viajaron muchos que deseaban embarcarse e iban en el séquito para luego seguir su propio camino, dejando por escrito Arriaga que «no asiente S.M. a que lleve el criado». Finalmente, el 3 de octubre de 1763, Yepes lograba la licencia para él y para su donado, y así pertrechados con los documentos pertinentes pudieron embarcar en el navío El Príncipe San Lorenzo a Buenos Aires.

 

El embarque de los libros

 

En el pleito se copiaron las hojas de carga de Yepes en aquel navío; fueron dos cargazones. En uno de ellos 64 piezas de tela de Bretaña, seis marquetas de cera [de a diez arrobas] y cinco baúles en los que se incluyeron ornamentos, como una colgadura de damasco, un dosel para altar mayor, casullas, capas de coro, etc. Y en la otra partida de registro iban dos tercios de telas y tres cajones, además de «dos frasqueras de a cuatro en carga con licores», un total de «ciento diez y seis caxones de libros vistos por el Santo Oficio de porte de a media carga» y llevaba además «estampas, rezo y otros impresos», que habían sido revisados por agentes en Cádiz designados por la Inquisición del distrito de Sevilla [AGI. Quito, 288, nº 7]. En esta copia del registro no se indicaban los títulos embarcados, ya que se suponía que José de Yepes habría presentado la lista al comisario y habría obtenido su «pase» para que pudieran ir embarcados. En teoría estos cajones remitidos por Yepes debían sellarse con el sello del Santo Oficio para garantizar que no se sacaban o introducían otros libros, además de que no debían abrirse hasta la inspección de la visita de navíos del comisario del puerto de destino. En torno al registro, sin embargo, siempre hubo sospechas y, en mayor medida en el siglo XVIII, ya que no era corriente que se respetaran todos los protocolos y hay pistas sobre la existencia de contrabando fuera de registro.


Convento de San Ramón Nonato, en Buenos Aires. Allí fue alojado Fr. Yepes a su arribo a esta ciudad. Fotografía: Diego Eidelman. Gentileza: Argentina.gob.ar 


Los bienes embarcados llegaron a su destino, arribando al puerto el 5 de febrero de 1764, una vez allí Yepes fue al convento «de San Ramón de Buenos Ayres, provincia de Tucumán», donde como era de esperar los miembros de su orden lo recibieron tras su periplo dándole alojamiento, algo que debió animar los momentos de ocio al contar con un viajero con no pocas anécdotas, acostumbrado a predicar y que tenía buenas dotes oratorias. Además, como solía pasar con estos religiosos de paso solían dejar algún obsequio, en este caso cedió a la sacristía del convento «una rica casulla bordada sobre raso encarnado, con oro, plata y sedas en muestra de su gratitud», como revela uno de los documentos del pleito de 12 de diciembre de 1764.

 

De Buenos Aires a Quito

 

En el Sermon de la dedicacion del Templo de Nuestra Señora la Santissima Virgen de la Merced de la ciudad de Quito [1737] el predicador Ignacio de Chiriboga y Daza comparaba el remozado edificio «maravilla también de la América, y nuevo prodigio del Mundo nuevo» con el Templo de Salomón y a los mercedarios con unos nuevos sabios, que «grandes han sido en los siglos que numera de duración los méritos de su sabiduría, ilustrando sus hijos, ya cándidos Cisnes, ya remontadas Águilas, la Iglesia, no menos con la sonora voz de la enseñanza, que con los provechosos documentos de la pluma”». Los escritos y lecturas formaban, de este modo, parte de una suma habilidad para «sazonar la sabiduría, y el amor» y formaban parte de su labor de «redención de los hombres». [9] La ampliación de la biblioteca que pretendía Yepes está conectada con esta voluntad de adquirir reputación para la orden y ofrecer visibilidad a los saberes adquiridos.

 

Los mercedarios quiteños favorables a Yepes, en una carta del 22 de noviembre de 1777, recordaban que les había «obsequiado dos ornamentos enteros, cuatro casullas sueltas, cuatro capas de coro iguales, un paño de púlpito, un frontal, un arco de plata de más de dos varas de alto, diez quintales de fierro y sobre todo ha socorrido la extrema necesidad que teníamos de una biblioteca con cincuenta caxones de libros selectos en todo género de materias que es un don el más estimable para el adelantamiento literario de esta provincia». ¿Cuántos cajones llegaron a Quito? El Administrador de las Reales Alcabalas y de la Renta de Correos emitió un certificado, a petición de José de Yepes, según el cual trajo «de regreso de los reinos de Castilla y conducido a esta ciudad ciento y treinta piezas entre caxones de libros y ornamentos, y baúles, los registré en cumplimiento de mi obligación con la prolijidad posible haciéndolas abrir en mi presencia [...] no encontramos sino libros, ornamentos de iglesia, ropa de su uso y otras cosas que no eran de comercio, ni debían pagar real alcabala».

 

Los 116 cajones de libros embarcados en Cádiz se convirtieron en los menguados 50 que entregó al convento, la diferencia de 66 cajones se vendió para pagar los gastos del viaje. Es más, Yepes, al llegar a Quito, exigió que se le entregaran «cinco mil y más pesos que se debían a varios sujetos para los gastos de conducción de toda la carga» y los precios de su mantenimiento. Al no poder la provincia pagarlos, según la versión interesada y favorable a Yepes, le dieron autorización para la venta de «parte de los libros duplicados y otros efectos» que fueron entregados a don Francisco González de Evia [AGI. Quito, 288, nº 7]. De este modo quedaba diluido por completo el asunto y jamás sería posible averiguar si comerció o no con anterioridad. El propio Yepes en una extensa carta del 3 de marzo de 1779 exponía a su conveniencia el asunto, explicando que «no habiendo tenido este convento máximo el dinero para la satisfacción, fue necesario entregar a dicho acreedor, parte de la misma carga, para que con su venta se verificase el pago de este crédito»


La actitud de Yepes forzando a su orden a aceptar los hechos consumados y exigiendo dinero o la autorización de la venta para garantizar la entrega de los bienes es muy reveladora de su taimada habilidad para manipular la situación y de cómo, finalmente, más de la mitad de los libros fueron comerciados en el mercado quiteño. Si bien poco sabemos de los títulos que llevó consigo, lo importante es cómo el libro impreso se convirtió en un objeto con valor de uso y de cambio ya que le permitió sufragar parte de sus gastos. 


Sobre su conducta, a Fr. José de la Fuente, Vicario General de los mercedarios, quien viajó en el mismo navío que Yepes con destino a Buenos Aires, no le tembló la pluma para afirmar que aquel llevaba una «vida licenciosa» dedicada al «comercio público en todo género de mercaderías, reprobado por todo derecho y causando en estos países el escándalo que ocasionó en su reino a toda clase de gente», además de ser de «perverso genio, para persuadir a algunos sujetos de estos reinos que le persigo y no le permito dicha peregrinación por aprovecharme de su carga» [AHN. Diversos, 37, n. 39]. 


A la distancia, los circuitos de viaje y tornaviaje de Yepes revelan la notable importancia de las estampas y en su retorno de los libros, que configuraron el deseo de saber y la oportunidad de la compra-venta en el mercado colonial del libro, con mercaderes interesados en la oferta que Yepes llevó a Quito, siendo muy revelador del interés por las novedades llegadas con el mercedario, que debieron hacer las delicias de los lectores quiteños.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios

 

Notas:

[1] Una versión más detallada de este trabajo en P. Rueda Ramírez, «El mercedario quiteño Fr.  José de Yepes en litigios de contrabando: conflictos de jurisdicción y envíos de libros en el Buenos Aires del siglo XVIII», Bulletin Hispanique, 113, 1 [2011], pp. 433-456.

 

[2] S. Stratton Pruitt, «Our Lady of Mercy, called the ‘Pilgrim of Quito’: travels of a devotion and its image in art», Hispanic Research Journal: Iberian and Latin American Studies, 20, 5 [2019], p. 433-450.

 

[3] F. Montes González, «Memoria gráfica y transferencia devocional: La Peregrina de Quito», Caiana, 16 [2020], p. 68-81.

 

[4] F. Roca, «Ecos de una imagen itinerante a ambos lados del Atlántico: la Virgen Peregrina de Quito y su recorrido material e inmaterial a lo largo del siglo XVIII», Dossiê, 44, 95 (2024), http://dx.doi.org/10.1590/1806-93472024v44n95-16

 

[5] B. Recio, Compendiosa relación de la cristiandad de Quito, Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Santo Toribio Mogrovejo, 1947, p. 93.

 

[6] M. J. Arazola Corvera, Hombres, barcos y comercio de la ruta Cádiz-Buenos Aires [1737-1757], Sevilla: Diputación, 1998, p. 381-389.

 

[7] M. E. Rodríguez García, Compañías privilegiadas de comercio con América y cambio político [1706-1765] XVII: Buenos Aires, el Atlántico y el espacio peruano, Buenos Aires: Centro Editor de América Latina, 1988, p. 126.

 

[8] C. Calvo, Colección completa de los tratados, convenciones, capitulaciones, armisticios y otros actos diplomáticos de todos los Estados de la América Latina comprendidos entre el Golfo de Méjico y el Cabo de Hornos, desde el año de 1493 hasta nuestros días [1862], Vaduz: Topos Verlag, 1978, p. 384-386.

 

[9] I. de Chiriboga y Daza, Sermones varios, que a diversas festividades de el año predicó en la ciudad de Quito el Doct. D. Ignacio de Chirivoga y Daza, canonigo de la Santa Iglesia Cathedral de Quito, y examinador synodal de aquel obispado, En Madrid: Por don Gabriel del Barrio, Impressor de la Real Capilla de su Magestad, 1739, p. 161 y 179.


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