Hace unos meses, mientras trabajaba en mis arañas de la seda en las salas de colecciones especiales, me crucé con una exposición que, a fin de cuentas, ratificaba la importancia de la biblioteca pública de una ciudad. En este caso la de Nueva York, iniciada en el siglo XIX con los fondos de la Astor Library para establecer una biblioteca de referencia, privada, pero de acceso público y gratuito según los términos del testamento de John Jacob Astor [1763-1848], quien legó 400.000 dólares y contrató a Joseph Green Cogswell [1786-1871], maestro y bibliotecario, para comprar libros y planificar la institución. Cuando la Astor se inauguró en 1854, la colección tenía 80.000 volúmenes adquiridos en los Estados Unidos de América y en el extranjero. Para 1890, contaba con más de 260.000, lo que la convertía en la biblioteca de referencia más grande del área metropolitana de Nueva York.
En la actualidad la NYPL, el resultado del trabajo mancomunado entre el gobierno de la ciudad y la filantropía privada, es una de las bibliotecas más importantes del mundo. Pero también un modelo de cómo trabajar mucho más allá de la sede principal y en una infinidad de tareas culturales y educativas que trascienden la conservación de libros, periódicos y manuscritos. Hoy forma parte de una red que cuenta con 92 sedes y, tal como propone Ex libris, el documental de 2018 de Frederick Wiseman [1930-2026], apunta a crear un entramado igualitario de intercambio y aprendizaje. La película de Wiseman retrata este sistema sin personajes centrales, a través de una serie de escenas que muestran actividades tan diversas como lecturas de poesía, talleres de robótica o reuniones comunitarias, un espacio [o varios], donde conviven conferencistas célebres con miles de usuarios anónimos que circulan por sus pasillos o usan sus salas y anexos, todos con necesidades muy diversas, un contraste que reside en la heterogeneidad del público: estudiantes con laptops, investigadores y personas sin hogar que encuentran en la NYPL un espacio de refugio y conocimiento y un personal atento y plurilingüe, formado en la historia y en el contenido de las colecciones que resguardan.
Entre estas actividades, destaca la investigación y su puesta en valor a través de exposiciones temporarias, como la inaugurada el 16 de enero de 2025 y que cerró el 22 de febrero de este -seis días después de la muerte de Wiseman-: con entrada libre y gratuita, situada en las galerías del tercer piso de la sede central, paso obligado de lectores y turistas. La muestra estaba dedicada al centenario de The New Yorker, un semanario representativo de los entuertos y redes de la vida cultural de Nueva York. Nacido como empresa independiente, en 1985 fue adquirido por el grupo Condé Nast, fundado en 1909 y centrado en revistas dedicadas a un interés o grupo social específico. En 1959, este conglomerado había sido comprado por el estadounidense Samuel I. Newhouse [1895-1979]: se trataba de un regalo para su esposa, admiradora de Vogue, una de las revistas del grupo, pero también de su plan de expandir su empresa, Advance Publications. S. I. Newhouse, Jr. continuaría en esa línea y, en 1983, resucitó Vanity Fair, había lanzado Self en 1979 y sumó, además del New Yorker, Brides, una publicación mensual que hoy se lee en su versión virtual. Estos destinos, este derrotero del mundo editorial neoyorquino, aparecían en A Century of The New Yorker, una exposición que reposaba en el trabajo de investigación de Julie Golia, directora adjunta de las Colecciones especiales de la biblioteca, y de Julie Carlsen, conservadora de la Colección de Literatura Inglesa y Estadounidense. La exposición se recorría cronológicamente en torno a algunos de los temas tratados por la revista [Hiroshima, los derechos civiles] y los escritores que, como Vladimir Nabokov, estuvieron ligados a ella pero, sobre todo, poniendo el acento sobre la labor de los colaboradores y trabajadores anónimos: artistas, correctores, mecanógrafos y verificadores de datos y estilo.
Se trataba de una historia de quiebres y continuidades, de innovación y zozobra, de un itinerario por los cambios que las revistas debieron confrontar a lo largo de un siglo que, como sabemos, hoy cuestiona la supervivencia de los medios en papel. Una exposición sobre el quehacer y los quebrantos de quienes publicaban una revista que defendía la consigna de promover la literatura con tono sofisticado y sensibilidad metropolitana.
Aquella venta de 1985, por ejemplo, tomó por sorpresa a William Shawn [1907-1992], el poderoso editor del New Yorker desde la muerte de quien la fundara, Harold Ross [1892-1951]. Ross la había lanzado junto con su esposa, la periodista Jane Grant (1892-1972) y la colaboración de la Mesa redonda o el Círculo vicioso del Algonquín: un grupo de periodistas, críticos, escritores y actores animados por Dorothy Parker que almorzaba y se reunía en el hotel de ese nombre situado en la calle 44 de Times Square.
60 años más tarde, la revista se había transformado en una referencia de la vida neoyorquina pero también en un foro de influencia y de debate internacional, plataforma de escritores e intelectuales, caracterizada por la edición meticulosa y la redacción impecable, así como por una gráfica original que descartaba a las celebridades de la tapa e incluía en sus páginas la obra de historietistas y artistas más o menos conocidos. La marca registrada del New Yorker -por lo menos de cara a sus lectores- era su autonomía, pero, al momento de su traspaso a mediados de la década de 1980, ya era evidente que, en los últimos años, los ingresos por publicidad habían llegado a un límite que ponía en riesgo su futuro. Shawn, por entonces, no tenía intención de dimitir ni de jubilarse, muy por el contrario pretendía mantener el control de las cosas y asegurar la transmisión a las nuevas generaciones de las ideas del fundador de las que se decía guardián.
Ya hecha la adquisición, Newhouse Jr. prometió resguardar la independencia editorial pero, en 1987, en medio de una serie de cambios que también afectaron a Vogue y a House & Garden, anunciaba el retiro de Shawn y su reemplazo por el escritor Robert Gottlieb [1931-2023], ex editor general de Simon & Schuster y de Alfred A. Knopf. Pero los trabajadores reaccionaron: en una carta datada el 13 de enero de 1987, exhibida en la exposición: 153 artistas, escritores y trabajadores le imploraron allí a Gottlieb que declinara su nombramiento. Se solidarizaban con Shawn y destacaban el golpe de gracia a la tradición de reclutar al editor entre las filas de los colaboradores, formados y familiarizados con el estilo, la disciplina y el método de trabajo del semanario. Dicha persona ya había sido elegida, contando con el consenso y la confianza de la gran mayoría. Aunque le manifestaban su admiración y respeto como jefe de un sello editorial que, desde 1960, pertenecía a Random House, señalaban que su llegada violaría los 62 años de independencia, la clave de la existencia y destino del New Yorker. Según los firmantes, la preeminencia del seminario no se debía a los recursos ortodoxos que caracterizaban a otras revistas, sino a un proyecto basado en la cohesión de sus integrantes. Gottlieb contestó en pocas líneas, asegurando su entusiasmo por embarcarse en semejante desafío. No duró mucho: en 1992, regresaría a Alfred Knopf luego de cumplir con la parte requerida.
El contenido de esta carta, plagada de conflictos y sentimientos que, por meses, determinaron las acciones, vida y trabajo de centenares de personas, en términos de metros lineales archivísticos, representa un par de milímetros. Nada en relación a las más de 2500 cajas [320 metros lineales] que guarda la Biblioteca Pública de Nueva York desde 1991, cuando adquirió los archivos del semanario antes de la salida de Gottlieb. La exposición se basaba en ellos y en documentos y objetos procedentes de fondos prestados que incluían ilustraciones, números especiales, portadas, correspondencia, ficheros y recortes, entre los que se cuentan las hojas informativas de la aparición de The New Yorker [1924]; la Ilustración original para el primer número realizada por Rea Irvin [1925]; el borrador manuscrito de «Refugee Blues», de W. H. Auden [1939]; notas manuscritas de John Updike para la sección Talk of the Town [década de 1940]; la Guía de identificación tipográfica y estilo de The New Yorker [1981]; la correspondencia entre William Shawn y John Hersey relacionada con «Hiroshima» [1946]; el borrador mecanografiado de «A sangre fría» de Truman Capote, con revisiones y eliminaciones de William Shawn [1965]; el manuscrito mecanografiado original de Hannah Arendt de «Eichmann in Jerusalem» [1963]; «The Fallibility Rag», poema de Cynthia Ozick dedicado a Eleanor Gould [1988]; una maqueta de la primera página web de The New Yorker y otros artefactos del siglo XXI; así como una película donde escritores, editores y el personal retirado y en actividad exploran la historia, el legado y el futuro de la revista.
Eleanor Lois Gould Packard [1917-2005], recordemos, fue la correctora de The New Yorker entre 1945 y 1999, responsable de la precisión y coherencia del lenguaje y para quien la empresa acuñó el título-cargo de «gramática». Los artículos que corregía y devolvía con sus comentarios se denominaban «Gould-proof», algunos podían verse en la exposición como un pequeño indicio de la importancia económica de las reglas y principios que gobiernan el uso de las lenguas y la organización de las palabras. Esos que nacieron muchos años antes que Ross, Gould y el mismo New Yorker y, esperemos, los sobrevivan.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios



