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El sable corvo de San Martín y un debate que brama

El sable corvo custodiado por un granadero en su sala especial, en uno de los últimos días exhibido en el Museo Histórico Nacional. Fotografía: Hilario. Artes Letras Oficios.



José de San Martin retratado por José Gil de Castro en 1818, a su paso por Chile. Óleo sobre tela, 111 x 83,5 cm. Museo Histórico Nacional.



Por Roberto Vega Andersen

Una de las reliquias más célebres y de mayor valor simbólico de la historia argentina -el sable corvo del general José de San Martín [1778-1850], el que empuñó en todas sus campañas por América- es ahora el protagonista de una fuerte polémica pública debida a su nuevo traslado. Un decreto presidencial, se anuncia, dictará su retorno al Regimiento de Granaderos a Caballo, desde el Museo Histórico Nacional, hacia donde había emigrado en 2015 por otra instrucción presidencial, en aquella ocasión firmada por Cristina Fernández de Kichner. 

 

Cuenta la historia que, de retorno al país allá por 1823, San Martín lo dejó en Mendoza después de su paso por Chile y Perú, y en 1835 le encomendó a su hija Merceditas que se lo alcanzara a su residencia en Francia. Ya en 1843, las visitas de Juan Bautista Alberdi derivaron en un libro que vio la luz al año siguiente con el título de «Biografía del general San Martín, acompañada de una noticia de su estado presente y otros documentos…», donde se ocupó del sable corvo: «He visitado su gabinete, lleno de la sencillez y método de un filósofo. Allí, en un ángulo de la habitación descansaba impasible, colgada al muro, la gloriosa espada que cambió un día la faz de la América occidental. Tuve el placer de tocarla y verla a mi gusto; es excesivamente curva, algo corta, el puño, sin guarnición; en una palabra, de la forma denominada vulgarmente moruna. Está admirablemente conservada: sus grandes virolas son amarillas labradas y la vaina que la sostiene es de un cuero negro, graneado, semejante al del jabalí. La hoja es blanca enteramente, sin pavón ni ornamento alguno.»

 

En el mismo año de publicación de esta obra, San Martín redactó su testamento y en la cláusula tercera dispuso que dicho sable «le será entregado al general de la República, Don Juan Manuel de Rosas [1793-1877], como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla». 

 

Aquel mandato fue cumplido recién en 1859, cuando ya habían pasado nueve años de su muerte y siete de la derrota de Rosas en Caseros con el alejamiento del gobierno y su instalación en Southampton [Inglaterra]. El sable lo acompañó hasta en la ceremonia de despedida de sus restos, depositado encima del ataúd, para quedar a la guarda de Juan Nepomuceno Terrero, por su propia instrucción dictada en el testamento que firmara ante terceros el 22 de abril de 1876; aunque fallecido este pasó a manos de su hijo primogénito: Máximo.

 

En el Museo Histórico Nacional

 

Siendo su primer director, Adolfo Pedro Carranza, designado en 1890 supo realizar una activa campaña de recolección de aquellos testimonios materiales que «hablaban» del origen de nuestro país. Su vínculo con las familias patricias, con los descendientes de los prohombres que tejieron la identidad de Argentina, le permitió acceder a este patrimonio hoy invalorable. Entre los contactos realizados se conoce su comunicación con Manuelita Rosas de Terrero, solicitando «haga donación al Museo Histórico, en nombre de su señor padre, del sable» corvo de San Martín, por el Libertador obsequiado a su tatita, como ella denominaba a Juan Manuel de Rosas. «Considero que nada sería más satisfactorio para V. señora -le escribió Carranza en nota fechada el 5 de septiembre de 1896-, que obtener el agradecimiento de sus conciudadanos, y en este caso lo tendría y sería en bien de la memoria de su padre, entregarle a la patria, lo que es de ella, lo que es el símbolo de su antigua gloria, de su acción benefactora de la emancipación Americana». [1]

 

Carranza también se dirigió aquel día a Máximo Terrero, el esposo de Manuelita, solicitando «la donación al Museo Histórico, en nombre de su padre político y de su esposa [...]». 

 

Al cabo de unos días de reflexión, Manuelita respondió aquellas notas en nombre suyo, de su esposo -el propietario del sable, lo aclara- e hijos, con la entera aprobación indicando que enviarán el sable y otros «dos objetos históricos que pensamos serán de valor para el Museo Histórico Nacional». El 1° febrero del año siguiente, fue Máximo Terrero quien se dirigió a Carranza indicando que enviaría el arma legada por el héroe Libertador con «una nota dirigida al Señor Presidente de la República, suplicando a S. E. se sirva aceptarla en calidad de donación hecha a la Nación Argentina [...] y al mismo tiempo manifestando el deseo de que sea depositada en el Museo Histórico Nacional». En efecto, así lo indicó en la carta remitida al entonces presidente de la Nación, el doctor José Uriburu -ambas con la misma fecha-, anunciando el pronto envío del sable; allí expresó el deseo de su familia «en cuanto al destino que se le diera al sable, sería el que fuese depositado en el Museo Histórico Nacional con su vaina y caja tal cual fué recibido el legado del general San Martín». 

 

Aprobada la donación, Uriburu en su carácter de presidente del Poder Ejecutivo Nacional firmó un Decreto el 3 de marzo de 1897 indicando que el sable corvo «se depositará en el Museo Histórico».

 

Y allí permaneció hasta la singular tarde del 12 agosto de 1963 cuando cinco militantes de la Juventud Peronista irrumpieron en el MHN para reducir a un sereno de 72 años y tras romper el cristal de la vitrina donde se encontraba la reliquia sanmartiniana, huir de las salas con el sable corvo bajo el brazo, envuelto en un poncho. Sin duda se trataba de un gesto de protesta frente a la proscripción del partido y de su líder, Juan Domingo Perón. Setenta y siete días más tarde, fue devuelto, ya arropado por una bandera nacional. En 1965 la historia se repitió y otra vez «la gloriosa Jotape» se encontraba protagonizando el robo. Las razones no habían variado, pero ya bajo el gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía [2] se otorgó la «custodia definitiva» del sable corvo al Regimiento de Granaderos a Caballo; San Martín lo había utilizado en el bautismo de fuego de aquel, en el combate de San Lorenzo celebrado el 3 de febrero de 1813, donde casi pierde la vida. La reliquia se preservó en su Museo, en un espacio blindado, hasta que en 2015 se dispuso un nuevo traslado a la quinta de Lezama, sede del Museo Histórico Nacional, previa escala en el taller del orfebre Juan Carlos Pallarols, donde con custodia de granaderos, permaneció unos días hasta que se hicieron los estudios y mediciones necesarias para construir una réplica -«un calco», afirma Pallarols- destinada a ser exhibida en el Regimiento de Granaderos a Caballo en reemplazo del original.

 

Aquel episodio también levantó una ola de quejas, y sin embargo siguió su marcha. En el MHN se le asignó una sala especial y con un sistema de protección hecho ad hoc recibe desde entonces al público siempre custodiado por dos granaderos. En los próximos días viajará hasta la ciudad de San Lorenzo, en la provincia de Santa Fe, donde el sábado 7 de febrero -en el marco de los actos celebratorios del 213° aniversario del Combate de San Lorenzo y con la presencia del presidente de la nación- le será entregado en custodia nuevamente al Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín. 

 

Las miradas contrapuestas

 

La propia historia nacional explica el derrotero de este monumento sanmartiniano con su original propietario viviendo fuera del país, al igual que su primer destinatario, y siendo ambos, figuras de enorme relevancia en la formación de nuestra nación. Y en el siglo pasado, con sendos robos «políticos» en su sitio de guarda original, el Museo Histórico Nacional, un general devenido presidente por un golpe de Estado que dispone su envío al Regimiento de Granaderos a Caballo, y otra máxima autoridad nacional -elegida por el voto popular- que ordena el retorno al MHN con los recaudos correspondientes… Hasta que un nuevo presidente, también designado por la voz de las urnas, resuelve ahora su entrega al Regimiento de Granaderos a Caballo, decisión que será comunicada por un decreto en los próximos días.

 

Este último desenlace no ha sido repentino, al punto que a mediados del 2025, el director [ahora ex] del MHN, el historiador Gabriel Di Meglio, fue despedido del cargo por un enojo del Poder Ejecutivo Nacional: en aquel momento se habló del posible retiro del sable corvo y de un rechazo de Di Meglio como una hipótesis sobre el recambio…

 

Ya confirmada la medida, una batalla de voces se acrecienta día a día en un persistente revanchismo pendular que ya forma parte del ADN argentino: ahora Milei dará por tierra con el decreto de Fernández, y vaya uno a saber qué acontecerá dentro de unos años.

 

Entre tanto, las autoridades del Poder Ejecutivo -la Secretaría de Cultura de Nación depende de Presidencia de la Nación- avanzan con el espíritu de «cosa juzgada», sin poner en duda una decisión presidencial y la sociedad toda escucha las opiniones en general tan contradictorias como fundamentadas de intelectuales y gestores culturales, y también de los políticos que se suben con celeridad al debate aportando su miradas.

 

Al margen de tantas cargas de batalla simbólicas, si es nuestra pretensión emocionarnos ante del sable corvo del Libertador, deberemos visitar el Museo Histórico del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín -Av. Ángel Gallardo 470 de la Ciudad de Buenos Aires-, con sus instalaciones remozadas por los aportes de la Fundación Granaderos a Caballo, entre cuyos benefactores resuenan los apellidos Bulgheroni y Eurnekian.


  

El Museo Histórico Nacional y dos instantáneas de su presente. A la izquierda, la entrada reclama pintura, y a la derecha, los abanicos no sólo están exhibidos, también los utilizan los visitantes debido a la falta de aclimatación en las salas. Fotografías: Hilario. Artes Letras Oficios.


Y en el otro escenario de este singular «combate», el Museo Histórico Nacional no sólo habrá sufrido la pérdida de uno de sus mayores tesoros patrimoniales, sino que además deberá continuar su rumbo con muy escasos recursos del erario público, padeciendo los deterioros inevitables de su antigua infraestructura y con un flaco plantel de recursos humanos, otra vez obligados a «hacer magia» para que la pobreza no se note.

 

¿Y la espada de Bailén?

 

Sorprende que en este intercambio de opiniones nadie se ocupe de la primera espada utilizada por el general San Martín, aquella que empuñó en su bautismo de fuego contra las fuerzas napoleónicas. Siendo un joven capitán del ejército español, ayudante de campo del marqués de Coupigny, se desempeñó con tal solvencia y coraje que fue ascendido a teniente coronel de caballería y recibió la «Medalla de oro de los héroes de Bailén». Por cierto, dicha condecoración se preserva en el Museo Histórico Nacional. ¿Y la espada?

 

Cuenta la tradición que permaneció en poder de San Martín hasta que en 1844 se la obsequió a un antiguo subordinado, el general chileno Juan Manuel Borgoño, que la trasladó a su país y ya fallecido, sus hijos se la obsequiaron al entonces presidente de aquella nación, Manuel Bulnes. En el itinerario del arma usada por el Libertador argentino, se sabe que la heredó su hijo Gonzalo, quien fue nombrado ministro extraordinario y plenipotenciario de Chile para la celebración del Centenario en Buenos Aires, y aquí se la regaló a su tío, el general José Ignacio Garmendia que la incorporó a su extraordinaria colección de armas, dispersada por subasta pública en 1931, aunque la tan mentada espada no formó parte de las piezas que formaron parte del catálogo de la casa Guerrico & Williams. La misma quedó en poder de la familia Castellanos Garmendia, que por una razón de fuerza mayor se vio obligada a vender recién cuarenta y dos años después. Cuentan los memoriosos que fue ofrecida a instituciones nacionales que respondieron no contar con los recursos necesarios, siendo adquirida por un coleccionista particular de Buenos Aires, fallecido en 2016.

 

Entre las obras atesoradas por aquel, se encontraba la espada de Bailén y un bello bastón que también utilizara José de San Martín cuyas iniciales entrelazadas en el pomo lo identifican, regalo de Merceditas al general Matías Zapiola. 

 

Ambos tesoros históricos fueron entregados en comodato por los herederos del coleccionista al Museo Histórico del Regimiento de Granaderos a Caballo, donde se exhiben.

 

Notas: 

1] Texto publicado en «El sable del General San Martín», Instituto Nacional Sanmartiniano, Buenos Aires, 1978, pp. 33-40.

2] En su carácter de presidente de la Nación, así lo dispuso y ordenó por Decreto Núm. 8756 de fecha 21 de noviembre de 1967.




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