Cartas difíciles: la escritura cruzada

Carta manuscrita recibida por la familia Dobedou enviada por Jules Lemetre desde Bretoncelles, Francia, en abril de 1895. [Se preserva en la Biblioteca Nacional]



Carta o esquela usada para dar el pésame por un fallecimiento y habitual durante el luto familiar, enviada en 1907, firmada por Deletany, recibida por los Dubedou en La Pampa. [Se preserva en la Biblioteca Nacional]



Daniel Schávelzon 


Director del Centro de Arqueología Urbana (UBA), se doctoró en Arquitectura en la Universidad Autónoma de México con la especialidad Arquitectura Prehispánica. Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, ha sido profesor en distintas universidades de América.


Schávelzon fundó el Centro de Arqueología Urbana, dependiente de la Universidad de Buenos Aires, el área de Arqueología Urbana en el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el Área Fundacional en la ciudad de Mendoza. Ex Investigador Superior del CONICET.

Ha publicado unos 50 libros sobre arqueología e historia del arte, y más de trescientos artículos en revistas científicas y de divulgación


Entre otros, ha recibido premios y becas internacionales, como la beca Guggenheim (New York 1994); National Gallery of Art-CASVA (Washington, 1995), Graham Foundation for the Arts de Chicago (1984), Getty Grant Program (1991), Harvard University-Dumbarton Oaks (1996), DAAD Berlín (1988), Center for Latin-American Studies de la University of Pittsburgh (2002), FAMSI, Florida (1995),  y del Centro de Antropología Comparada de la Universidad de Bonn (1998). 


Por Daniel Schávelzon *

Fue un día de lluvia y neblina, uno de esos inviernos porteños que no nos gustan para andar por la calle. Alguien, no recuerdo su nombre [¡disculpe señora!] me llamó porque quería donar a alguna institución una serie de cartas y papeles de su familia que no entendía bien lo que eran. No era un apellido que me recordara algo, al grado que me lo olvidé, y en un modesto departamento del barrio de Belgrano del que se mudaba me dio un sobre arrugado con varias cartas adentro. Prometí mirar qué era y ver qué se podía hacer, ella no tenía ni idea de si eso tenía valor más allá del recuerdo familiar del que se quería desprender, o a dónde mandarlas para que no se perdieran, contradictoriamente. Lo que yo veía eran papeles y que estaba empapado y seguro terminaba el día con cartas viejas y una neumonía.

 

Me olvidé su nombre con el tiempo, lo lamento, pero puedo decirle que sus cartas fueron a la Biblioteca Nacional hace unos años, como un conjunto epistolar peculiar y más que interesante. Señora: junto a Patricia Frazzi cumplimos con su pedido.

 

Cuando abrí las cartas quedé estupefacto quizás por mi ignorancia acerca de que se podía escribir de otra manera a la que estamos habituados y con nuestras palabras latinas (aunque fueran en francés). Después descubrí que si bien era insólito no había sido tan raro –en el Archivo de la Nación hay otras-, pero eso fue más tarde y ya no llovía y había Internet. En aquel momento casi no pude entender ni una palabra de lo escrito con una caligrafía precisa pero muy compleja: sólo comprendí que en su mayor parte se relacionaban a la familia Dubedou, que vivió en varios lugares de La Pampa y la provincia de Buenos Aires desde poco antes de finales del siglo XIX; las cartas hablan de la familia y de sus problemas con las sequías y la tierra. Eran inmigrantes llegados desde el pequeño poblado de Bretoncelles, en Normandía, hacia 1890. Un hermoso pueblo francés que aún hoy en día no supera por mucho los mil habitantes. Es posible imaginar que su nuevo destino, si bien les fue hostil y se mudaron varias veces, fue una alternativa a la miseria y las guerras de su tiempo. Parecería que en su abolengo hubo personalidades civiles y militares, incluso un noble de mediana alcurnia, pero su situación debió ser la misma que la de la mayoría de los que emigraron. Y estas cartas bien redactadas y difíciles de leer indican un nivel educativo elevado.

 

Ya en los inicios del siglo XX existió una práctica no muy común, de escribir cartas con lo que se llamaba escritura cruzada. Es decir, se redacta en renglones de manera normal, aunque tratando de usar todo el papel hasta su último rincón, para luego escribir encima a 90 grados. Es decir, los renglones se cruzan entre sí y, al menos en primera instancia, resulta muy compleja la lectura.

 

Cuando observé las cartas por primera vez me surgieron numerosas preguntas: ¿Era un código extraño? ¿Eran secretos? ¿Estaban todos locos? ¿No era más simple escribir en simples renglones? No, se las escribía de esa manera porque en ese tiempo las cartas se pagaban según su peso y eso sucede hasta hoy; aunque el fax hizo inoperante al correo e Internet lo terminó de desplazar. Lo que muestra este caso es que la familia cuidaba cada centavo de esa manera, quizás expresión de sus problemas y de que los valores postales internacionales eran caros.

 

El método de lecto-escritura implicaba una capacidad muy especial para quienes podían utilizarlo. Para el que escribía, el sistema sólo fue posible de ser usado, al menos de manera eficiente, con plumas metálicas, ya que la pluma de ave no mantenía el grosor –se la iba cortando y afilando con un “cortaplumas” a cada rato-, y las tintas no secaban rápido-. Por eso no existen esas escrituras antes de ese invento de mediados del siglo XIX.

 

Sarmiento, gran modernizador, insistía que para construir una Nación había que tener un correo y un telégrafo eficientes y baratos: la clave consistía en poder comunicarse. No casualmente la primera sección de lo que hoy es la Casa Rosada fue el edificio para el correo, en la esquina de Balcarce e Hipólito Yrigoyen, hecho entre 1873 y 1879 por el arquitecto Enrique Kihlberg. El Palacio de los Gobernadores aún seguía en pie a su lado, pero a nadie se le ocurría usarlo para el Estado –estaba en ruinas-, y para el presidente se disponía de la residencia de los Ezcurra en la calle Moreno o incluso sus casas particulares. El usar ese espacio de enorme significación urbana, para un palacio de correos, fue el verdadero símbolo de la nueva época. El proyecto de un nuevo edificio para el poder ejecutivo era para entonces una fantasía que nadie había tenido. En su gobierno se construyeron casi cinco mil kilómetros de telégrafos, un cable transoceánico que se inauguró en 1874, siguió extendiendo el ferrocarril y se hicieron puentes de mampostería y hierro en lugar de madera para mejorar los caminos.

 

Carta al Comandante Antonio Descalzi escrita en 1873 [Se preserva en el Archivo General de la Nación]

 

Las comunicaciones rápidas movían el comercio y la cultura (lo que se llamaba “la civilización”), generaban una mejor calidad de vida de muchas maneras y ayudaban a imaginar un nuevo país, alejado del modelo económico-social de la época precedente. Se desarrollaba un universo comunicado de manera rápida. Fue sin duda la construcción del nuevo capitalismo industrial y las comunicaciones resultaron uno de sus motores.

 

El correo barato y simple, con sobres de dimensiones estandarizadas, de manejo estatal y con estampillas impresas oficiales, había comenzado en el Reino Unido en 1840 por impulso de Rowland Hill, quien supo idear el Penny Post, es decir que la estampilla costara un penique. El problema en nuestro país consistía en que esta modalidad sólo podía lograrse con un sistema eficiente, alejado de las carretas y los servicios de postas que aún había. Sin embargo, el cambio fue notable y los costos comenzaron a bajar, pero las distancias eran enormes, los caminos malos y la infraestructura demoró en ser mejorada. La llegada del correo a los pueblos fue uno de los símbolos del llamado progreso hasta no hace tanto tiempo. Y recordemos que hasta esa época las cartas eran una hoja de papel escrita que se doblaba y luego se lacraba porque no existía la idea del envoltorio, nuestro simple y habitual sobre: el papel aún era un lujo. Y la palabra que se utilizó para ese envoltorio inventado en esa época no fue exactamente la adecuada: no era para poner nada debajo [del latín, “super”] sino adentro, pero así es la lengua y los usos de palabras inexplicables.

 

El enviar cartas era costoso ya que se pagaba según el peso, y aunque se usase papel de carta, muy delgado y liviano, cada gramo había que pagarlo. Eso llevó a inventar sistemas de escritura que hoy nos parecen imposibles, como el de los renglones cruzados.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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