Ángel Fernando Papasidero, platero, un hombre bueno

Con abundante cabellera y bigotes, en una fotografía de la década de 1960.



En su taller, su espacio de trabajo.



Cuchillo verijero, plata y oro. Punzón: Papasidero. Fotografía: Nicolás Vega.



Lopecito y Ángel trabajando ante la mirada del público. Cada  uno en su especialización dentro del oficio.



Por Roberto Vega Andersen

Nació en la ciudad de Avellaneda [en el Gran Buenos Aires] la tarde del 10 de febrero de 1935 y falleció a los 79 años en la misma ciudad la mañana del 27 de mayo de 2014.

 

Su infancia y juventud transcurre junto con sus padres -ambos oriundos de Calabria, en el sur de Italia-, y su hermano menor Alfredo; siempre rodeado de la familia más amplia que también había viajado hacia Argentina. La casa de sus padres se encontraba en la ciudad de Gerli -en el partido bonaerense de Avellaneda donde residirá durante toda su vida-; allí cursó la primaria en la Escuela N° 45, y ya trabajando como aprendiz en el taller de su primer maestro, el platero Enrique Borda, la Escuela Nocturna N° 5 lo vio egresar con el ciclo básico secundario completo.

 

Siempre dispuesto a evolucionar en el oficio que fue su pasión, a comienzos de la década de 1950 se incorporó al taller de la firma «Oriplat”, una empresa dedicada al rubro que su mentor Borda había fundado junto a sus socios también plateros, Eduardo Achilli y Daniel Venturielo; también estaban allí Luis Ulloa y Osvaldo Rodríguez. Para atender una alta demanda, Oriplat tenía dividida su línea de producción a través de distintos especialistas entre los que podíamos encontrar el armador y el cincelador; entre los primeros Ángel delineó su perfil profesional, aunque por su compromiso se destacó entre sus compañeros de trabajo y fue designado responsable de la producción del taller e incluso, quedó a cargo de la enseñanza de los jóvenes aprendices que se incorporaban al plantel. En la intensidad de la labor diaria Papasidero aprendió las diferentes técnicas y secretos del oficio, además de conocer la demanda de sus clientes en cuanto a los estilos y la funcionalidad de cada pieza creada.

 

En 1959 se casa con Rubí Gladis Soria, con quien tiene dos hijos: Gladys Beatriz [1961] y Marcelo Fernando [1966]. Ángel y Rubí permanecieron juntos por más de 50 años, hasta el fallecimiento de su esposa en noviembre del año 2010.

 

Con una beba en el hogar, en los primeros años de la década de 1960, Ángel ocupa los tiempos libres que le dejaba su compromiso laboral en Oriplat para formar su taller junto a un amigo y compañero, Luis De Genaro, quien tiempo más adelante viaja y se radica definitivamente en Milán, Italia, continuando allí su actividad como joyero.

 

Desde Avellaneda y con sus energías aplicadas exclusivamente en su obrador particular -ya desvinculado de Oriplat-, en 1964 Papaisero inicia su marcha individual en el oficio construyendo un estilo propio bien ligado a la platería porteña gauchesca, sobrio, de cuidado equilibrio en el uso muy preciso de los cinceles y en la aplicación de detalles dorados en las piezas de plata; siempre generoso en el uso del metal.

 

Cuchillos y facones, mates de calabaza y plata, bombillas, chifles, boleadoras, rastras y hasta emprendados con el cuño Papasidero ganan su espacio en la platería contemporánea. Entre su clientela directa se ubican los jinetes tradicionalistas, y a través de diversos comercios -talabarterías y joyerías, especialmente-, otros compradores argentinos y los turistas y demás visitantes extranjeros, tanto para uso propio, como para regalos empresariales, elegían su cuño como un símbolo de identidad argentina. Distinguidas casas del ramo ofrecían las piezas nacidas en su taller; por ejemplo, Rossi & Caruso, Casa Escasany, Talabartería Arandú, Antigua Casa Pardo, Casa Rebuffo y Platería Parodi, ubicada sobre la Avenida de Mayo.

 

Con la particular atracción que las piezas de plata ejercen desde tiempos lejanos sobre los argentinos, las obras creadas por Ángel Papasidero seducían al estanciero y al peón rural, al empresario y a distintas personalidades públicas, como políticos, deportistas, músicos... La propia Casa Real de España y el Estado del Vaticano recibieron de obsequio o adquirieron alguna pieza de platería realizada en su taller y con el cuño Papasidero.


Detalle de una cabezada, obra de Ángel Papasidero. Fotografía: Nicolás Vega.


Sus «chapeados» y recados de pasadores conquistaron al ambiente criollo y en 1976, un conjunto de su autoría obtuvo el Primer Premio de Recado Criollo en la Exposición de Ganadería, Agricultura e Industria en la Sociedad Rural de Palermo.

 

Platería argentina contemporánea

 

En la década de 1990 formó parte de un movimiento de jerarquización cultural y comercial de la platería contemporánea argentina que reunía a los «punzones» más destacados en un oficio que forma parte de la identidad cultural del país.

 

Su presencia en subastas de arte, en exposiciones realizadas en museos y en encuentros nacionales de plateros consolidó su nombre entre pares y le permitió conquistar el por entonces incipiente mercado del coleccionismo de platería contemporánea. Un nuevo ámbito se consolidaba y sin estridencias, sus obras maduras -ya había construido un estilo personal- le permitían obtener el interés de los públicos más diversos. Además, su personalidad de hombre bueno contribuyó a afianzar su rumbo comercial; quien conocía al artesano le agregaba al valor intrínseco de la pieza, el noble carácter de su autor. Y este es un plus que siempre se aprecia.

 

Damos fe de este juicio generalizado sobre su persona porque Ángel nos acompañó en todos los desarrollos vinculados a su oficio desde las postrimerías del siglo pasado. Formó parte -decíamos- de aquel proyecto que en su momento denominamos «Plateros Argentinos Contemporáneos» con una sala en la emblemática Feria del Sol y en subastas organizadas con ese nombre junto al Banco Ciudad de Buenos Aires promoviendo el coleccionismo de obras contemporáneas. Y más adelante, ya en el nuevo milenio, con exposiciones y talleres vinculados al público en el Museo Nacional de Arte Decorativo, entre otros espacios de jerarquía.


Aquellas experiencias nos permitieron aprender juntos e impulsar un camino que bien ha evolucionado hacia la Asociación de Plateros Argentinos con un centenar de miembros -entre ellos, el sucesor de Ángel, Marcelo Papasidero, su hijo-; exposiciones, un catálogo editado y otro en proceso de edición dan cuenta del buen presente. 


Don  Ángel y Lopecito


Las piezas creadas por Papasidero llevan una línea personal, son reconocibles. Los lisos y los abundantes cincelados avanzaban por igual entre los preferidos; en estos últimos, si bien acudía al particular repertorio de la platería olavarriense, les otorgaba un carácter propio que los diferenciaba de aquellos artífices. 

 

A propósito de «Lopecito», recordamos que en encuentros personales con Ángel nos comentó su labor en el taller; él disfrutaba con su especialización de armador -sabía diseñar muy bien cada pieza combinando el uso de la plata y el oro, y de las superficies lisas con los detalles cincelados-, y en las obras que lucían con preponderancia la creación de los cinceles, aquella era la responsabilidad de un colaborador de jerarquía, Emilio López, con quien compartió más de cuatro décadas de labor y amistad, pero que quedaba oculto tras el punzón del dueño del taller.


Con ese nuevo dato me atreví a proponer que ambos deberían firmar cada pieza nacida a cuatro manos… La calidad complementaria enriquece la obra final, decíamos, y Ángel tomó la sugerencia y pronto nos acercó las novedades  ya con la identidad de los dos apellidos.


Confieso que siempre consideré que lo hizo pensando más en un gesto de justicia que en un giro de marketing. Ese gesto lo representaba de cuerpo entero, era un hombre bueno.


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