Para muchos, estos roles serían incompatibles, pero en este singular maestro de maestros en la historia de las artes virreinales de América Latina, se comprueba cuán fallida es tal apreciación.
En los siguientes artículos que forman la presente edición de Hilario, figuras de renombre de las disciplinas que abordan este patrimonio cultural nos presentan distintas semblanzas sobre este erudito que abrió caminos teóricos en el análisis de aquellas expresiones artísticas. Su compromiso ético sin tropiezos en el terreno académico también lo acompañó en el armado de su colección.
Lo reflejan, entre otros, aquellos recibos por las compras realizadas en su viaje becado a España en 1947. Indiquemos que, tratándose de un hombre sin fortuna económica y aún veinteañero, supo adquirir obras de interés artístico e histórico. Su hijo Juan evoca anécdotas; entre ellas, la que contaba sobre el hallazgo del cáliz y las vinajeras españolas del siglo XIII, provenientes de la iglesia de Santo Tomás Cantuariense, ubicada en Salamanca. Schenone habría sido testigo de la excavación que dio con este conjunto que acompañaba la tumba de un sacerdote. Lo afirman las autoras del artículo que aquí se ocupa de este tesoro: «[...] se trataría del conjunto más antiguo, de este tipo, descubierto en España hasta la fecha».
Su colección, lo reconocen los especialistas que la han estudiado, se trata de «un verdadero programa intelectual» y todas las obras que la integraban estaban acompañadas de un estudio técnico realizado por el propio Schenone, quien las había adquirido en sus periplos internacionales y en anticuarios y casas de remate en Argentina.
No tenía alma de anticuario
Treinta y tantos años atrás, recuerdo mi sorpresa al advertir que aquel veterano anticuario argentino con quien conversaba, Rodolfo Trostiné [1925(?)-2002], era la misma persona que entre 1942 y 1953 había publicado una serie de ensayos sobre artistas y personalidades políticas de actuación en nuestro país especialmente en el siglo XIX. ¿Qué había sucedido con aquel precoz investigador? Hoy pongo en perspectiva su explicación; seguramente con otras palabras, comentó que en los años cincuenta, Héctor Schenone y Adolfo Luis Ribera lo contrataron para atender un local de antigüedades y con prontitud los tres comprendieron cuál era su destino: para los propietarios, la investigación y para Trostiné, el comercio; fue el titular de Bayard, una recordada casa especializada en platería virreinal y criolla de larga actuación.
Ya a mediados de la década de 1990 entrevisté a Schenone en la Academia Nacional de Bellas Artes y con indisimulado entusiasmo le presenté la publicación que por entonces editaba, la revista «Nuestra Platería», con el deseo de solicitarle un texto de su autoría -modalidad que hoy sigo practicando con llamativa perseverancia. La hojeó con entusiasmo y conservó el ejemplar para leerlo con tiempo, pero sin demora me explicó que después de la exposición realizada en Munich en 1981 -aquella muestra dio origen al espléndido libro Platería Sudamericana de los siglos XVII-XX, siendo cocurador y coautor de la obra junto a su amigo A. L. Ribera-, había decidido retirarse de esta disciplina para concentrar sus esfuerzos intelectuales en el estudio iconográfico de las representaciones de los santos y de las alegorías religiosas en el arte hispanoamericano. Precisamente, en este número de Hilario publicamos el plan de trabajo que el propio Schenone redactó poco tiempo después de la exhibición y edición del libro comentados, un Programa hasta aquí inédito, enviado por entonces a su colega y amigo, Ramón Gutiérrez: «Leelo y entrale con todo», le solicitó.
En el 2010 lo contacté nuevamente para que nos facilitara la aureola firmada por José Boqui que formaba parte de su colección; estaba en plena curaduría de la exposición que nuestro país presentó en Fráncfort –“Platería Argentina desde el período precolombino hasta la actualidad»- e insistí en varias ocasiones porque disponía de escaso tiempo y se trataba de una obra de enorme interés para el guion museográfico. Pero no obstante su cortesía, no la pudimos exhibir. Un par de años más tarde nos visitó en nuestra galería, en la sede de la avenida Callao, a escasas dos cuadras de su casa, y conversamos largamente sobre diversos temas. Recuerdo que disfrutó con unas obras que teníamos en exhibición y en la trastienda ubicó una pintura moderna de escaso arte que medio siglo atrás había sido de su propiedad... Hablamos sobre su colección, poco tiempo más adelante falleció.
La aureola de José Boqui
El destino, otra vez acudo a este término, hizo que esta obra magnífica llegue al fin a nuestras manos, y será uno de los lotes estrella de la subasta con la colección de Héctor Schenone. Cuando escribí el texto para el catálogo que acompañó a la exposición celebrada en Fráncfort, indiqué: «En una colección particular de Buenos Aires hallamos una aureola de plata con la siguiente inscripción: “Joh. Boqui Parmensis Inv. Fet. Ano 1799 / al Solum de St. Genemerendi Causa”. La aureola, al igual que la custodia que compró la catedral de Trujillo, posee una leyenda referida al modo de desarmarla: “Si me quieres desarmar / piénsalo para no errar”. La pieza eclesiástica de Trujillo lleva un texto de igual tenor: “Un cajoncito en la peana / encierra la explicación / que te enseña a desarmarme / leyendo con atención”.» [1]
El autor de, hasta aquí, la obra más antigua documentada en Argentina con indicación de orfebre y año de realización, había nacido en Parma, Italia, trasladándose al poco tiempo hacia Barcelona, donde se inició en el oficio, aunque se cuenta en documentos que arribó a Buenos Aires como maestro titulado en Madrid, en la afamada casa Martínez.
En la capital del virreinato, Boqui desarrolló una intensa actividad vinculada a su noble oficio y, además, cumplió un rol destacado en la defensa y reconquista de Buenos Aires frente a las invasiones de los ingleses; consta que en aquel momento hasta supo fabricar un obús de su invención y un aparato para asegurar su puntería. [2]
Aquí, retomamos el texto de Martínez Cajigal, realizó tres custodias; dos para el convento de Santo Domingo y la tercera, en la que trabajó entre los años 1801 y 1803, la adquirida por la catedral de Trujillo, ya mencionada. «En el convento de Santo Domingo, existía una custodia grande, que según cuenta Antonio Letamendía [en carta dirigida a Ambrosio Funes]: “es de mucha perspectiva y la mejor de Buenos Aires”, y que ha sido individualizada por una que se mantiene en el tesoro del mismo templo y que describe así: “es de plata dorada y mide 1,45 m. de alto [...]» [3]
Boqui, lo dice un experimentado hombre en estas lides [4], «fue un maravilloso artífice, digno de los artistas del Renacimiento; elaboraba alhajas y pulía piedras preciosas, era mosaiquista y grabador». A luz de este juicio inferimos que las leyendas grabadas en la aureola son de su autoría.
Sin indicación de pertenencia, en el artículo citado se cuenta que «En 1978 se produjo el hallazgo de una aureola para una imagen religiosa, firmada por José Boqui en 1799; cuya valoración fuera realizada por el entonces director del Museo de Bellas Artes de Buenos Aires, Adolfo Luis Ribera. La obra en cuestión [estaba destinada] al adorno de una imagen de bulto, representando a un santo, de tamaño natural, de talla completa o de vestir”.
«A diferencia de todas las otras conocidas, ésta no ha sido hecha en una única lámina de plata, en la cual el orfebre dibujó, recortó, cinceló y bruñó, sino que está constituida por diversos elementos fundidos y cincelados uno por uno, que luego fueron armados sobre una estructura metálica, disponiéndose los rayos en diversos planos. De ahí que este trabajo resulte tridimensional, en tanto que las otras aureolas, a pesar de poseer un espesor respetable, mantienen siempre su aspecto bidimensional.»
Para Gabriela Siracusano y Gustavo Tudisco, “A Boqui se debe la introducción de una nueva manera de concebir la orfebrería, no como un oficio producto de la destreza manual, sino como un conjunto de procedimientos mecánicos de ejercicio preciso y de un individuo conocedor del dibujo en coincidencia con las corrientes clasicistas. La obra en cuestión se diferencia radicalmente de lo que hasta entonces se entendía por halo, nimbo o resplandor, pues no sólo está constituida por varios elementos sino que puede desmontarse en su totalidad. Es de doble faz, con frentes unidos en los extremos de la parte inferior, entre los cuales hay una lámina curva y en forma de arco que apoyaba sobre la cabeza de una imagen, probablemente la del Santo Domingo del Museo Fernández Blanco […]» [5] Los rayos, unos en color plata y otros dorados, explican, se atornillan sobre una pesada y maciza pieza de plomo ubicada entre ambos frentes, los que llevan una notable decoración. En la lámina interior donde se encuentran las leyendas grabadas, apreciamos un pentagrama con un tema musical, una antigua moneda española y el escudo de los dominicos.
Boqui, se sabe, en 1808 ya se había desplazado hacia Lima; allí fue detenido por conspirar contra las autoridades virreinales siendo condenado a abandonar la ciudad, a la que parece, regresó en 1814 cuando supo presentar un plan de fabricación de máquinas de desaguar minas, claro, sin alejarse de sus pensamientos libertarios. Lo cierto es que Manuel de Mendiburu en su Diccionario Histórico-Geográfico del Perú se detiene en este orfebre para comentar sobre sus inventos y sobre la correspondencia secreta que mantuvo con el general José de San Martín quien, al proclamar la Independencia del Perú en 1821, lo designó director de la Casa de la Moneda de Lima.
Su biblioteca y archivos
Aquel material reunido y formado en tantos años de trabajo, hoy de consulta ineludible, se encuentra en el Centro MATERIA [IIAC-UNTREF] y en la Academia Nacional de Bellas Artes, la que también conserva el archivo formado en su gestión como director del Instituto Payró. En MATERIA, además, se preservan fichas, cuadernos, materiales y herramientas artísticas, así como una colección de esculturas y fragmentos de obras del período virreinal.
Notas:
1] Roberto Vega Andersen, Argentina, una identidad construida en plata. Buenos Aires / Fráncfort, Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto, 2010, pp. 58-59.
2] José B. Martínez Cajigal, José Boqui, colaborador de San Martín. En Revista Nuestra Platería, núm. 2, Buenos Aires, enero de 1995, pp. 22-23.
3] J. B. Martínez Cajigal: ob. cit., 1995, p. 22.
4] Martínez Cajigal fue presidente de una compañía minera vinculada a toda la cadena de producción de bienes en metales preciosos.
5] Gabriela Siracusano y Gustavo Tudisco, Héctor Schenone. Elecciones y selecciones de un maestro: un programa intelectual. Buenos Aires, Museo de Arte Hispanoamericano, 2004, p. 25.



