En la frontera occidental alemana -del otro lado de la ciudad de Saarbrücken o Sarrebruck, se encuentra Sarreguemines que, como su vecina, lleva en su nombre al río Sarre y en su historia, a las industrias surgidas a lo largo de su curso. Este nace en el macizo de los Vosgos, desemboca en el Mosela cerca de Tréveris y de allí, vía el Rin, termina en el mar del Norte, recorriendo más de 200 km de las regiones de Alsacia, Lorena y del estado alemán homólogo.
Sarreguemines, de larga tradición alfarera, agrupa siete municipios que cuentan con 20.316 habitantes y supo ser uno de los polos industriales más importantes de la región. Eso se ve en su estación que hoy, con sus enormes dimensiones, parece fuera de lugar: allí se llega gracias al tranvía transfronterizo y a los trenes regionales franceses que la conectan con Metz y Estrasburgo. Sin embargo, en el pasado, también disponía de conexiones directas con Haguenau, Hombourg o Deux-Ponts, Nancy [1881-1969] o Sarrebourg [1872-2000] y Sarre-Union [1872-2018] por Hambach [1872-1971] y luego Kalhausen, y finalmente Thionville [a partir de 1882].
Se trata de una historia de conexiones y desconexiones ligada a las guerras, a la siderurgia y al carbón en un territorio plagado de ciudades con comidas, tradiciones y nombres franco-alemanes a uno y otro lado de esa línea inexistente que el tranvía cruza sin que uno se dé cuenta. Quizás por eso se trate de una de las regiones -sobre todo en el tren que va a París vía Forbach- donde todos los días se reportan intentos de cruzarla por parte de personas sin visa ni permiso de residencia europea. «Pasaporte, pasaporte… ¿no pasaporte?» -pregunta la policía que recorre el TGV o el ICE con ojo avisado por algo o alguien que indica a quiénes dirigirse mientras el resto apenas se perturba. Ante la negativa, los bajan y devuelven al país de al lado donde, en el caso que corresponda, se los registra en el sistema de pedido de asilo.
Esa [des]conexión ferroviaria que estructuró la región se complementa con el llamado canal de las minas de carbón del Sarre construido entre 1861 y 1866, atravesando el noreste de Lorena y bordeando la Alsacia boscosa para unir dos centros relativamente alejados entre sí: la explotación hullera en Sarrebruck y la industria del alto Rin de Mulhouse, su gran consumidora.
La canalización «Freycinet» -es decir la pauta que regula el tamaño de las esclusas de determinados canales establecida en 1879- terminaba en Mettlach, sin desembocadura hacia el Mosela. Pero en la década de 1980, se llevó a la confluencia de Tréveris, con el gran calibre renano, pero solo a partir de Sarrebruck. Las instalaciones portuarias a lo largo del canal son numerosas. En Francia se encuentran los puertos de Houillon, Diane-Capelle, Mittersheim, Harskirchen, Bissert, Rech-les-Sarralbe, Sarralbe, Wittring, Sarreguemines, Grosbliederstroff y, en Alemania, los de Sarrebruck, Brebach, Burbach, Luisenthal y Völklingen.
Por otro lado, las acerías del Sarre, así como las fábricas de loza de Sarreguemines y Mettlach [Villeroy y Boch] utilizaban, aún a fines del siglo XX, este canal para sus entregas a larga distancia, como París o el puerto de Marsella.
Recordemos que Saarbergwerke AG o Charbonnages de la Sarre, una empresa minera con sede en Sarrebruck, explotaba una cuenca carbonífera de 116000 hectáreas y que, en su momento álgido, llegó a producir más de 16 millones de toneladas al año dando trabajo a 65000 mineros, de los cuales en 2008 quedaban 1700 y hoy, ninguno. Desde 2007 la empresa pertenece a Deutsche Steinkohle AG [DSK] pero hasta 1998, era una de las empresas alemanas más importantes y uno de los «activos industriales federales». La sede, situada a unos 200 m de la estación de Sarrebruck, se ha reciclado como un centro comercial y de consumo de las marcas de rutina: la Galería Europa, cuyo sitio de internet nada dice de su período carbonífero.
La extracción de carbón ha desaparecido del Sarre, lo que obliga a la industria siderúrgica local [herencia histórica de las minas de carbón] a abastecerse en otros lugares, como Róterdam. Sin embargo, esta industria siderúrgica ha logrado mantenerse y la economía del Sarre se ha diversificado con la llegada de nuevas empresas del sector automovilístico, servicios informáticos y metropolitanos, y la transformación de los establecimientos industriales en sitios arqueológicos de una era y una población desaparecidas frente a nuestros ojos. Queda la constancia de su existencia en mi cuaderno de geografía europea del Normal de Quilmes, esos con los mapas que copiaba de una atlas y donde la concentración industrial no dejaba ver el curso del río.
En fin, entre las extinciones en proceso o ya concretadas se encuentra la industria de la loza de Sarreguemines, implantada en esa zona desde finales del siglo XVIII. La misma ganó renombre nacional e internacional con Paul Utzschneider [1771 - 1844] y Paul de Geiger [1837- 1913] y con sus descendientes, a lo largo de los siglos XIX y XX, Sarreguemines se vuelve un centro mundial como proveedor de una amplia variedad de lozas, incluyendo una serie de materiales y productos que van desde el gres a la porcelana y de la vajilla a los jarrones, maceteros y la cerámica de uso arquitectónico y decorativo, como los murales, las chimeneas, los azulejos, los aguamaniles y los sanitarios.
El Museo de la Loza o Musée de la Faïence de Sarreguemines se encuentra a unos 300 m de la estación, instalado en los antiguos apartamentos de Paul de Geiger, director de las fábricas de loza entre 1871 y 1913. Posee una rica colección de cerámicas, que dan testimonio de la diversidad de estilos que ofrecía la fábrica para satisfacer todos los gustos y necesidades de sus clientes en materia de decoración y artes de la mesa. Además, muestra el cambio demográfico de la región y de las infraestructuras de transporte asociadas a la producción, venta y exportación de loza. Por su parte, la historia del museo da cuenta no solo de los procesos por los que pasó la ciudad sino también de cómo la destrucción de la misma permite soñar con falsas continuidades y celebrar una existencia centenaria que, en realidad, están marcadas por rupturas, pérdidas y vueltas a empezar.
El museo se presenta como si hubiese sido «creado por decreto municipal el 25 de diciembre de 1922», la disposición que dio lugar al Museo Municipal de Historia Regional y Natural el cual abrió sus puertas en abril de 1929 en un antiguo cuartel de la ciudad. Este se trataba de un clásico museo de provincias, con una habitación dedicada a Lorena y a los objetos militares más otros traídos de ultramar, hallazgos arqueológicos de un aficionado local, un caballo disecado, mariposas, un coche y monedas antiguas. Por entonces, la industria estaba en su apogeo, viva, en auge, por lo que la loza apenas está presente en su inventario: como objeto cotidiano, abunda en las casas ricas y no tanto, determina la vida de la población y no es necesario recordar su existencia. Pero este museo fue destruido durante la guerra y las colecciones que sobrevivieron y las que se formaron, encontrarán un nuevo lugar de exposición recién en noviembre de 1972, alrededor del antiguo Jardín de Invierno de Paul de Geiger, una obra monumental de su fábrica y el centro de la visita de todos los que se acercan a Sarreguemines.
La venta de la empresa se reflejó inmediatamente en la liquidación de sus antiguas colecciones que se enviaron al mercado coleccionista. Una subasta en París le muestra a los habitantes de Sarreguemines que la industria de la loza ha iniciado un camino cuyo futuro es más incierto que ese pasado que a los nuevos propietarios ha dejado de interesarle. Por lo tanto, empieza la tarea de salvaguarda de esos objetos que le habían dado fama y prosperidad a la ciudad, con la consecuencia que la loza conquista el museo regional que, a principios de la década de 2000, se convierte en el «Museo de la loza». Por su parte, la fábrica de loza de Sarreguemines redujo su actividad y acabó desapareciendo en febrero de 2007.
Museo del Molino. Fotografía: Gentileza Sarreguemines Turismo.
Hay un segundo museo: el de Técnicas de la Loza -inaugurado en 1998 sobre el antiguo Moulin de la Blies, donde funcionó una unidad de producción desde la primera mitad del siglo XIX con su molino de piedra, fabricando piezas de barro, gres y porcelana. Todavía no fui y queda en el tintero para una entrega que, seguramente y como tantas otras, nunca ocurrirá. Ya veremos.
* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios, desde el Centro Cure en la Universidad del Sarre, Saarbrücken.




