«De barro somos»

El Stegosaurus en una cerámica de Acámbaro exhibida en el Museo de Waldemar Julsrud, en Acámbaro, México. Fotografía: Brattarb [Gentileza Wikipedia]



Otra figurilla realizada en cerámica de Acámbaro. Se exhibe en el Museo de Waldemar Julsrud. Fotografía: Brattarb [Gentileza Wikipedia]



Waldemar Julsrud en su negocio Ferretería la Reina, ubicado en calle Leona Vicario esquina Juárez de Acámbaro. Fotografía: Gentileza Museo Waldemar Julsrud A.C.



Vista de la sede del Museo Waldemar Julsrud, en Acámbaro, México. Fotografía:  Brattarb [Gentileza Wikipedia]



Irina Podgorny

(Quilmes, Argentina, 1963).


Historiadora de la ciencia. Doctora en Ciencias Naturales (Universidad Nacional de La Plata, Argentina). Investigadora Principal del CONICET en el Archivo Histórico del Museo de La Plata. Profesora Invitada en universidades y otras instituciones nacionales e internacionales. Presidente de la Earth Science History Society (2019-2020), desde 2021 es miembro del Consejo de la History of Science Society (HSS), donde está a cargo de su comité de Reuniones y Congresos.


Autora de numerosos libros, este año publicó Florentino Ameghino y Hermanos. Empresa argentina de paleontología ilimitada (Edhasa, Buenos Aires, 2021) y Los Argentinos vienen de los peces. Ensayo de filogenia nacional (Beatriz Viterbo, 2021). Sus artículos se han publicado entre otras revistas en Osiris, Science in Context, Redes, Asclepio, Trabajos de Prehistoria, Journal of Spanish Cultural Studies, British Journal for the History of Science, Nuncius, Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical Sciences, Museum History Journal, Journal of Global History, Revista Hispánica Moderna, etc.


Asidua colaboradora de la Revista Ñ, dirige la Colección "Historia de la ciencia" en la editorial Prohistoria de Rosario, donde en 2016 se publicó el Diccionario Histórico de las Ciencias de la Tierra en la Argentina, gracias a un proyecto de divulgación científica del CONICET.


Sus publicaciones pueden consultarse: AQUÍ


Por Irina Podgorny *

Las figurinas de Acámbaro son una colección de más de 32.000 piezas descubiertas en el municipio con ese nombre en Guanajuato representando dinosaurios no avianos que hoy se exhiben en un museo dedicado a ellas. Aparecieron en la década de 1940, cuando Acámbaro era una ciudad casi desconocida, situada a unos 320 kilómetros al noroeste de la Ciudad de México. La colección fue la obra de Waldemar Julsrud [1875-1964], inmigrante alemán, arqueólogo aficionado y ferretero allí afincado. En 1925, Julsrud había adquirido unos 1.400 cuencos policromados de las antiguas ruinas de Chupicuaro. Veinte años más tarde, paseando por una colina, observó cientos de fragmentos de cerámica que, según él, representaban cabezas, cuerpos y colas de dinosaurios, supuestamente modelados del natural por humanos prehistóricos. En las piezas aparecían formas semejantes a los célebres Brontosaurus, Tyrannosaurus rex, Stegosaurus, Trachodon, Dimetrodon pero también había una vaca, un caballo, un hipopótamo, un elefante, un conejo, un perro y sarcófagos egipcios en miniatura.

 

Los diarios de Ciudad de México no tardaron en publicar las historias y las fotografías del hallazgo. El Excelsior, por ejemplo, tituló: «Los primitivos que vivieron en México conocían a los animales antediluvianos». Para 1948, Julsrud, por entonces de 76 años, había recuperado 22.000 figurinas que mostraban que una civilización milenaria había convivido con esos monstruos y los había modelado en barro. La colección crecía a un ritmo de unas 400 piezas al mes y la noticia no tardó en llegar a la prensa estadounidense gracias a la amistad entre Julsrud y Lowell Harmer [1906-1972], periodista de Los Angeles Times, quien en 1948 residía en la capital mexicana. Harmer visitó la casa de Julsrud en Acámbaro, donde detrás de la tienda había un patio y un recinto colonial de nueve habitaciones abarrotadas por dinosaurios en arcilla. Se desparramaban por el piso, las mesas y los gabinetes por lo que Julsrud consideraba mudarse para dejarles su hogar.

 

William N. Russell, otro periodista de Los Ángeles, publicó dos notas, destacando que los artesanos de esos tiempos profundos también habían convivido con los reptiles extinguidos. Estas noticias llamaron la atención del arqueólogo estadounidense Charles Corradino di Peso [1920-1982], de la Amerind Foundation, Inc., Dragoon, Arizona, quien más tarde se convertiría en director de la Fundación y en uno de los arqueólogos más destacados de la cultura y la historia de los pueblos del suroeste americano y del norte de México. Di Peso decidió analizar los materiales, no descartando que se tratara de una representación de seres mitológico de tiempos más recientes, afirmando:

«No bastaba con suponer que se trataba de una falsificación por las formas representadas: cabía la posibilidad de que las figurinas se parecieran por casualidad a las formas mesozoicas definidas por los científicos de los últimos doscientos años pero que fueran obra de algún artista prehistórico inspirado en los reptiles más pequeños existentes en la zona. Varios fragmentos se enviaron al Museo Amerind y se analizaron en el laboratorio. Se hicieron análisis químicos de la tierra que componía las figurillas. Se trituraron los tiestos y se examinó su contenido en busca de inclusiones que pudieran dar una pista sobre la fecha de fabricación.»

 

El análisis resultó nulo y, por ello, decidió viajar para observar las excavaciones en Acámbaro, donde, ya para junio de 1952, la variedad de formas y el volumen del material rozaban lo inadmisible. Ninguno de los especímenes tenía el más mínimo rastro de pátina, esa superficie que suele cubrir las cerámicas antiguas. No faltaba ninguna pieza, ninguna de las superficies rotas estaba desgastada, ni se apreciaban marcas de pala o de pico. Di Peso observó con precisión la textura de los sedimentos en la excavación, que detalló en este párrafo:

«Esto indicaba que los excavadores poseían una técnica superior a cualquier otra conocida por los arqueólogos profesionales o que sabían exactamente dónde excavar. Sin embargo, el yacimiento indicaba que no eran ni hábiles, ni cuidadosos, ni experimentados. Los excavadores, un padre y su hijo, invitaron al autor a una ruina tarasca precolombina a pasar dos días con ellos. Excavaban y excavaban rompiendo, sin cuidado, los objetos auténticos.»

 

Al segundo día dieron con el depósito de las figurinas y di Peso examinó el material: había sido enterrado cavando un túnel en la tierra de relleno de la sala prehistórica. Dentro de este estrato había tiestos tarascos auténticos, hojas de obsidiana, metates trípodes, manos de mortero, objetos que no los inmutaban y descartaban. Además, se veían las huellas de los dedos en la tierra de relleno del túnel, lo cual, sumado a la presencia de estiércol, era prueba suficiente de que el material había sido plantado. Di Peso, como buen etnógrafo, registró que el lugar acababa de ser bautizado como «el cerro del mal» y, con el fin de determinar la posible inspiración de este fraude, estudió el contexto social y la infraestructura de Acámbaro, así como la publicidad y el acceso a las colecciones de los museos de la ciudad de México.

 

Sus investigaciones revelaron que una familia de los alrededores fabricaba estas figurinas durante los meses de invierno, cuando sus campos estaban ociosos. Sus ideas sobre la forma podrían provenir del cine o de la multitud de revistas y periódicos que se vendían en las calles. O de la biblioteca, así como de la escuela de esa ciudad con unos 20.000 habitantes. Acámbaro estaba unida a la capital por tres trenes diarios, donde quien quisiera, podía visitar, entre otros, el Museo Nacional donde había una colección del antiguo Egipto, posible fuente de inspiración de esa parte de la colección. Julsrud había comenzado por pagar un peso por cada artículo que le traían procedente de tres campos diferentes, desencadenando esta invasión que terminó por tragarle la casa. Di Peso daba por terminado el asunto concluyendo que las figurinas de Acámbaro eran una falsificación.

 

Di Peso coincidía con los argumentos expresados por el arqueólogo y geólogo ítalo-argentino Joaquín Frenguelli [1883-1958], quien a finales de la década de 1930 analizó, otra colección cerámica extraña procedente del Arroyo de Leyes en la provincia de Santa Fe. Frenguelli reconocía entonces que el interés por la arqueología por los coleccionistas y los profesionales de la ciudad de Buenos Aires y del litoral argentino «generó la industria de los pseudocacharros, un verdadero “modus vivendi” de los lugareños». Las falsificaciones o la industria de la cerámica pseudoarqueológica, como la denominó Frenguelli, revelaban que estos estaban al tanto de los intereses de los científicos y en sintonía con el imaginario y la iconografía que se exhibía en museos y libros. El lugareño contraataca, hubiese dicho el etnólogo alemán Julius Lips [1895-1950], a quienes algunos consideran promotor de una «antropología a la inversa».

 

Las conclusiones de di Peso no impidieron que las figurinas de Acámbaro se convirtieran en objeto de debate entre los estadounidenses, quienes, siguiendo los pasos de Hamer y el propio di Peso, visitaron, una vez más, el yacimiento. Entre otros, Charles Hutchins Hapgood [1904-1982] entre 1955 y 1968, quien se convenció de la autenticidad de los artefactos. Hapgood, que tenía una maestría en historia medieval y moderna por la Universidad de Harvard, se convirtió en un defensor de la hipótesis de un cambio polar rápido y reciente con resultados catastróficos, habiendo publicado varios libros sobre el tema. Presentó las estatuillas de Acámbaro al escritor de best-sellers Erle Stanley Gardner [1889-1970], creador de las novelas de Perry Mason, y al biólogo escocés-estadounidense Ivan T. Sanderson [1911-1973], figura fundadora de la criptozoología, promotor de la Sociedad de lo Inexplicable [1967] e invitado frecuente en programas de televisión de las décadas de 1950 y 1960. Gardner narró su viaje a México en Host with the Big Hat [1969], «un safari mexicano que condujo a un misterio arqueológico», un enigma que este grupo trató de resolver por dos medios complementarios: la ayuda del vidente y animador holandés Peter Hurkos [1911-1988], y una nueva técnica de datación, la termoluminiscencia que estaba surgiendo en esos años. De hecho, Hapgood fue patrocinado por Gardner y el Instituto para el Estudio de la Conciencia, y financiado por el inventor estadounidense Arthur Middleton Young [1905-1995], que pagó el envío de los artefactos al laboratorio de datación, obteniendo 4500 antes del presente [2500 AC], una fecha que en la década de 1970 fue declarada inválida por otros estudio que demostraron que los objetos habían sido cocidos poco antes de ser encontrados.

 

Hapgood había publicado su versión de los hechos en 1973 en un libro titulado Misterio en Acámbaro, «el más controvertido de todos sus libros», según David Hatcher Childress [1957-], propietario de Adventures Unlimited Press, una editorial fundada en 1984 especializada en libros sobre fenómenos inexplicables. Childress reeditó el libro de Hapgood en 2000, destacando que el autor y Gardner pensaban que las figuritas eran auténticas y constituían una prueba de que las interpretaciones ortodoxas de la extinción de los dinosaurios eran erróneas. «Hapgood, Gardner, Sanderson y otros no son los únicos que creen en los supervivientes de los dinosaurios» -afirmaba Hatcher Childress, apoyando la existencia de fósiles vivientes y de «mundos perdidos» en el sentido de Arthur Conan Doyle y, confundiendo, como muchos hoy en día, la ficción con la realidad y las novedades que venden los diarios, con la verdad de hoy y el olvido de mañana.

 

No solo eso, en aquellos juicios se mezclan la transitoriedad de los objetos científicos y el carácter artificial de los especímenes de los museos de historia natural con una desconfianza radical hacia todo lo que salga [o permanezca] de ellos. Quizás sea hora de darle un voto de confianza a los meros datos, esos que, durante tantos años generaron hasta más desconfianza que las figurinas de Acámbaro. Pero también es bueno recordar que los millonarios extravagantes son una especie si no mesozoica, bastante antigua y abundante. Y que los medios, como Julsrud, pueden desencadenar fenómenos que, queriéndolo o no, a la larga o a la corta, pueden desalojarnos de nuestras casas.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


Subscribe to our newsletter to be updated.

Check our Newsletters