Exposición Caaporá: cuerpos pintados y travesías americanas

Ricardo Güiraldes y Alfredo González Garaño, Escenografía, gouache s/papel, 1916.



Ricardo Güiraldes y Alfredo González Garaño, Ñeambiú, gouache s/papel, 1916.



Ricardo Güiraldes y Alfredo González Garaño, Aguará Payé, gouache s/papel, 1916.



La cerámica chiriguana. Por Félix F. Outes. Publicado en la Revista del Museo de La Plata., 1909.



María Elena Babino


 - Historiadora del Arte. Universidad de Buenos Aires. 

- Directora de la Maestría en Curaduría de Arte Contemporáneo, ESEADE.

- Investigadora del Centro de Estudios del Imaginario, Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

- Profesora / Investigadora UBA – ESEADE.

- Curadora de la Pinacoteca del Ministerio de Educación de la Nación, 1994-2011.

- Autora de numerosos estudios sobre Arte Argentino.

- Curadora de la exposición “Imágenes de ida y vuelta. Artistas españoles y argentinos a comienzos del siglo XX”. Museo de Arte Español “Enrique Larreta”. Ciudad Autónoma de Buenos Aires, 2019.

- Curadora de la exposición Caaporá: cuerpos pintados y travesías americanas. Museo de Arte Español Enrique Larreta. Ciudad de Buenos Aires,  2025.

- Miembro de la Comisión Directiva de la Fundación Forner-Bigatti.


Por María Elena Babino *

La exposición actualmente exhibida en el Museo Enrique Larreta de la Ciudad de Buenos Aires propone una nueva mirada sobre la relevancia de Ricardo Güiraldes y Alfredo González Garaño en la historia del arte argentino. Conocido el primero como autor de Don Segundo Sombra -su obra más celebrada-, y el segundo como coleccionista experto y gran gestor de arte, ambos fueron además los artífices de Caaporá, un proyecto de ballet inconcluso que, aun sin llegar a concretarse, logró instalar en su época una posición firme en torno a la relación entre tradición americana y modernidad.

 

Igualmente reveladora resulta una libreta de apuntes del viaje a Jamaica que antecede a la publicación de la novela Xaimaca (1923) en la que también trabajaron de manera colaborativa. En la muestra se exhiben pinturas, dibujos y materiales documentales de ambas realizaciones pertenecientes a los acervos del Museo Ricardo Güiraldes de San Antonio de Areco y de la Academia Nacional de Bellas Artes.

 

En el primer caso, se trata de una deriva de las investigaciones sobre las leyendas del Urutaú y del Caaporá, conocidas por los relatos de Juan Bautista Ambrosetti, entonces director del Museo Etnográfico de Buenos Aires. Esto les brindó la ocasión de consultar fuentes iconográficas y documentales sobre mitos y relatos del amplio universo guaraní, vitales para la realización de su proyecto. Es posible que, entre las fuentes consultadas, hayan accedido a la obra de Félix F. Outes, quien en 1908 publicó un estudio titulado La cerámica chiriguana, donde presenta un minucioso detalle de las formas decorativas geométricas recolectadas por Eduardo Alejandro Holmberg. En este conjunto, las figuras de los personajes del ballet exhiben trajes y ornamentos inspirados en tocados plumarios, faldas con flecos, cuerpos pintados y motivos propios de las comunidades caduvea y mundurukú, que revelan un cruce entre tradición indígena y modernidad pictórica. Son claras, además, las influencias de los Ballets Russes y las audacias estilísticas de su maestro juvenil en París, el artista catalán Hermenegildo Anglada Camarasa. Cabe recordar que el proyecto interesó al bailarín ruso Nijinsky durante su presentación en el Teatro Colón en 1917, quien a su vez habría entusiasmado a Igor Stravinsky para la composición musical.

 

Un aspecto relevante radica en la suntuosidad y variedad de los elementos iconográficos, donde la presencia de plumas, fibras vegetales, huesos, dientes de mono y semillas subraya la unión inseparable entre cuerpo, naturaleza y pensamiento simbólico. De esta manera, lejos de ser una mera superficie estética, el cuerpo humano se revela como soporte cultural y relacional: un territorio de intercambio simbólico atravesado por la fuerza de lo natural y lo colectivo.

 

En las pinturas que imaginan las posibles escenografías se advierten, por un lado, audaces síntesis lineales que evocan energías cósmicas o flujos vitales. Como contraste, los barroquismos de una fantasiosa catarata antropomorfa ofrecen una nueva solución visual, mientras que las formas amarillas, apenas esbozadas en una tercera pieza, remiten a frutos o flores sagradas como el urunday o el ceibo. En conjunto, se trata de traducciones estéticas de cosmovisiones ancestrales, donde el paisaje se vive no solo como experiencia pictórica, sino también como umbral de lo sagrado.

 

Otra tipología pictórica corresponde a las cabezas pintadas y a las vasijas y figuras que integran los elementos decorativos del ballet. En estas obras se impone una rigurosa geometría expandida en espirales, rombos, líneas escalonadas y quebradas. Presumiblemente, estas piezas habrían sido realizadas como una suerte de «catálogo formal» para definir los elementos de la puesta en escena. En general, su sentido se inscribe en un marco de sociabilidad colectiva y da lugar a imágenes de fiestas, duelos o batallas. Como dispositivos visuales y performativos, marcan roles sociales, género y edad. Visto de este modo, el cuerpo pintado constituye un soporte cultural tan complejo como un texto o una coreografía ritual, y configura un sugestivo punto de partida para imaginar nuevas alianzas estéticas del presente con saberes ancestrales aún vivos.

 

De particular interés resulta una pequeña libreta que contiene dibujos y anotaciones de Ricardo Güiraldes realizadas a modo de bocetos para las pinturas del ballet. En su interior se observa un conjunto de imágenes compuesto por personajes, trajes rituales, coronas, paisajes, bastones de baile, collares y figuras en movimiento que anticipan poses teatrales y escenas corales. La representación de la cabeza “Mundurukú”, mencionada por Ambrosetti en una de sus páginas, resulta clave para identificar al personaje de Caaporá.

 

Respecto de la novela Xaimaca, el viaje a Jamaica realizado por ambos junto a sus esposas, Adelina del Carril y María Teresa Ayerza, entre 1916 y 1917, constituye un antecedente relevante como registro tanto textual como visual de esa travesía. Xaimaca es una novela que nace del viaje, pero también del mito. Su título, proveniente del idioma taíno, significa «tierra de la madera y del agua»: una evocación del origen y del tiempo primordial de la naturaleza.

 

La itinerancia los llevó desde la estación de ferrocarril Retiro, en la ciudad de Buenos Aires, hasta Mendoza, cruzando desde allí a Chile por el transandino. Luego bordearon las costas del Pacífico hacia Jamaica, pasando por diversos puertos. Tras cruzar la línea del Ecuador, llegaron a Jamaica y continuaron hasta Cuba. En la deriva de esa travesía, los cuatro viajeros consignaron sus impresiones en una libreta titulada Viaje a Jamaica, 1917. Junto a estos registros, se conserva un conjunto de tarjetas postales reunidas por los González Garaño durante el viaje, que forma parte del «Legado González Garaño» de la Academia Nacional de Bellas Artes, lo cual permite ampliar la información disponible hasta la actualidad.

 

Como en la novela, el viaje real también se desarrolla sin rumbo fijo: se suspenden los tiempos y los destinos, y prevalece la experiencia del desplazamiento. Como si se tratara de una narrativa desanclada, en sus páginas se suceden, sin organización previa, los mercados, los rostros de los habitantes y las costas. A lo largo del trayecto, el grupo se abre a una América desconocida y viva: un mundo popular y marginal, alejado del eurocentrismo de su clase. Xaimaca forma parte de un proyecto más amplio, el de una generación joven y renovadora -la del grupo Martín Fierro- que apostaba por una literatura moderna, nacional y americanista.

 

Finalmente, se exhibe un fragmento del video Ánima Animal, ballet del balarín Herman Cornejo y la coreógrafa Anabella Tuliano, que retoma el proyecto inconcluso de Caaporá para imaginar una nueva alianza entre el ser humano y la naturaleza, ya implícita en la mirada de Güiraldes y González Garaño. Inspirado en aquel anhelo, este ballet despliega todo el talento del bailarín argentino junto al Grupo Cadabra y los músicos Uji y Noelia Escalzo, para dar cuerpo a una obra que originalmente había comprometido a Nijinsky -gran inspiración para Cornejo- como coreógrafo y bailarín principal. Lamentablemente la salud de Nijinsky frustró aquella posibilidad que renace ahora en la potencia visual de Ánima Animal


* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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