Los bronces de Benín: restitución vs. realidad

Bronce de Benín. Museo Británico de Londres. Fotografía: Gentileza Wikipedia [usuario Michel wal].



Dos bronces de Benín en el Museo de Victoria y Alberto de Londres. Fotografía: Gentileza Wikipedia [usuario Warofdreams].



Cabeza conmemorativa de un rey. Obra devuelta por el Smithsonian a la Comisión Nacional de Museos y Monumentos de Nigeria [NCMM] y el Museo Nacional de la Ciudad de Benín. Fotografía: Gentileza Museo Nacional de Arte Africano, dependiente del Instituto Smithsonian. 



Juan Javier Negri


Abogado por la UBA, tiene una maestría en derecho comparado por la Universidad de Illinois. Especialista en derecho del arte, recibió el Premio de Derecho del Arte otorgado por la Fundación Rodrigo Uría de Madrid en 2015. Fue director del Fondo Nacional de las Artes entre 2016 y 2019. Es juez del Tribunal de Arbitraje de las Artes de La Haya; integra el «Board of Neutrals» de WIPO/ICOM en Ginebra; el Committee for Cultural Policy en Estados Unidos y el Art Lawyers Association y ART Law Centre en Londres. Entre otras obras es  autor del capítulo sobre Argentina del Art Collecting Legal Handbook publicado en Londres [ya en su tercera edición].


Por Juan Javier Negri *

En las salas del Museo Británico, entre momias egipcias y mármoles griegos, hay unas placas de bronce que parecen hablar otro idioma. No son clásicas ni medievales. Representan guerreros, cortesanos, ceremonias, reyes. Son los célebres Benin Bronzes: placas y esculturas que cubrían las paredes del palacio real del antiguo Reino de Benín situado en lo que hoy es Benin City, en el actual Estado de Edo, al sur de Nigeria. [1]

 

El palacio fue destruido en 1897 por una expedición militar británica. El motivo oficial fue castigar a un rey africano «hostil»; el resultado real fue una de las más célebres operaciones de saqueo colonial del siglo XIX. Los soldados incendiaron la ciudad, expulsaron al Oba [el rey] y cargaron con miles de esas placas y esculturas de bronce que luego se subastaron en Londres para financiar la expedición. Desde entonces, esas obras de arte se dispersaron por museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos. El Museo Británico conserva alrededor de 800 de las aproximadamente 1.600 placas que revestían el palacio.

 

Durante más de un siglo, esas piezas fueron presentadas como ejemplos de «arte primitivo africano». Hasta que, en las últimas décadas, cambiaron de categoría: pasaron a ser símbolos del expolio colonial y banderas de una causa justa y muy contemporánea: la restitución de los bienes culturales a sus países de origen.

 

La narrativa es conocida y seductora. Occidente saqueó. África fue despojada. La justicia histórica exige devolver. Incluso se firmaron tratados internacionales al respecto. Y así, Alemania, Francia, algunas universidades estadounidenses y varios museos europeos comenzaron a anunciar, con tono casi penitencial, que los bronces de Benín regresarían a Nigeria, su «legítimo propietario».

 

Pero aquí es donde la historia empieza a volverse incómoda.

 

Tengo en Buenos Aires una de esas placas. La compré hace años en Nairobi, a un anticuario que exhibía parte de sus maravillas en un mercado callejero y que conservaba las más valiosas en un local en algo así como un bazar en un barrio alejado del centro de la ciudad, hasta el que me llevó a pie. La pagué a buen precio, pero su belleza intrínseca lo vale.

 

Es imposible saber si es una de las originales o si, por el contrario, es una reproducción más o menos contemporánea. Eso sí: su tamaño, material y textura lucen idénticos a los de las exhibidas en el Museo Británico. Es una pieza sólida, pesada, de varios kilos, que representa a tres soldados del antiguo reino: uno con un escudo, otro con una espada y el tercero con una lanza amenazante que parece querer salir del plano del bronce. Transportarla en mano desde Kenia hasta la Argentina fue una pequeña odisea: en cada aeropuerto –y el trayecto era largo–, funcionarios de aduana intentaban —con más entusiasmo que éxito— arrancarle la lanza al fiel guerrero, como si todavía hoy ese objeto despertara una mezcla de respeto, temor y desconcierto.


Placa de bronce del Reino de Benín [siglo XVI–XIX], 30 × 22 cm, 3 kg., bronce batido. Adquirida en Nairobi [2017]. Representa a tres guerreros con armamento ceremonial.

Transportarla desde Kenia hasta la Argentina —y resistir los intentos de funcionarios aduaneros por arrancarle la lanza— fue un recordatorio literal de cómo estos objetos siguen negándose a ser «desarmados», aún más allá de su contexto original. Testigo físico de una historia de saqueos, restituciones y controversias aún sin resolver.


Esa lanza, inmóvil y obstinada, es una buena metáfora de lo que ocurre hoy con los bronces de Benín: objetos que no se dejan encajar fácilmente en los relatos simplificados sobre restitución, culpa y reparación.

 

Porque cuando los bronces empezaron efectivamente a volver a África, no regresaron a «Nigeria» en el sentido que muchos imaginaban —un Estado moderno, con instituciones culturales públicas, museos nacionales y una política patrimonial transparente—, sino que fueron entregados al Oba de Benín, el monarca tradicional de la comunidad histórica de Benin City, cuya autoridad es hoy más simbólica que constitucional.

 

Esta precisión no es menor: los bronces no provienen del actual Estado llamado República de Benín, sino de una entidad política histórica ubicada en lo que hoy es Nigeria, lo que complica profundamente cualquier pretensión de restitución «nacional».

 

El gobierno federal nigeriano decidió transferir los bronces restituidos a esa entidad a título privado y como «heredera histórica» del antiguo reino. En otras palabras, las piezas no ingresaron al patrimonio público del Estado, sino que pasaron a manos de una entidad privada, regida por una monarquía tradicional, con reglas propias y sin los estándares de acceso, conservación y rendición de cuentas que se exigirían a un museo estatal.

 

Y aquí aparece una segunda paradoja. Algunos de esos bronces, una vez restituidos, comenzaron a ser objeto de negociaciones, préstamos pagos y acuerdos poco transparentes. Lo que se presentó como un acto de justicia histórica empezó a parecerse, peligrosamente, a una apropiación privada y espuria del botín.

 

Pero la historia se vuelve todavía más compleja cuando se escucha a otras voces africanas. Diversos grupos étnicos de la región sostienen que el metal con el que se hicieron muchas de las placas del palacio de Benín no pertenecía originalmente al reino, sino que provenía del saqueo de adornos rituales, brazaletes y objetos sagrados de sus propios antepasados, obtenidos mediante guerras, conquistas y masacres. En muchos casos, la obtención del bronce exigía matar a quienes portaban esos adornos.

 

Dicho sin rodeos: según estas comunidades, los bronces de Benín no son sólo el producto de un saqueo colonial europeo, sino también de un cruento saqueo africano anterior.

 

Si eso es así, ¿quién es el verdadero «legítimo propietario»? ¿El Oba de Benín? ¿El Estado nigeriano? ¿Las comunidades cuyos metales fueron fundidos para fabricar las placas? ¿Los descendientes de quienes fueron muertos para robarles sus adornos rituales? ¿O nadie en particular, salvo como custodio de una historia compartida?

 

La discusión internacional sobre restitución suele evitar estas preguntas incómodas. Habla de «África» como si fuera un sujeto único; de «Nigeria» como si este país fuera una continuidad directa del reino del siglo XVI y de «propiedad cultural» como si los Estados modernos heredaran automáticamente los derechos de las entidades políticas que los precedieron.

 

Pero África no es un bloque. Nigeria no es Benín. Y el pasado precolonial fue, como en todas partes, un espacio de guerras, dominación y apropiación.

 

Nada de esto justifica el saqueo británico de 1897. Lo vuelve aún más trágico. Porque al trauma del colonialismo se superpone ahora el riesgo de una nueva injusticia: que los objetos devueltos en nombre de la justicia terminen fuera del dominio público, atrapados en disputas étnicas o intereses privados, lejos del acceso ciudadano y [hasta] del debate académico.

 

Tal vez el verdadero desafío no sea sólo devolver, sino decidir a quién, en qué condiciones y bajo qué régimen jurídico.

 

Los bronces de Benín no son simples obras de arte. Son fragmentos de una historia densamente conflictiva, hecha de imperios africanos, sangre y violencia, prepotencia colonial, identidades en disputa, Estados frágiles y mercados globales.

 

Y como esa lanza que nadie pudo arrancar en los aeropuertos, siguen recordándonos que la historia no se deja desarmar tan fácilmente para que encaje en los relatos políticamente confortables. 

 

Nota:

1] No debe confundirse ese lugar con la actual República de Benín, antiguo Dahomey, y limítrofe con Nigeria. Este país adoptó «Benín» como nombre recién en 1975 y no coincide territorial ni históricamente con aquel reino.

 

* Especial para Hilario. Artes Letras Oficios


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